Ilustración de Teresa Suau. Sigue sus creaciones en Facebook o Instagram

Puzle” es un relato corto inspirado en la ilustración de Teresa Suau que lo acompaña en esta entrada. Comentadnos vuestras impresiones tras su lectura y compartidlo, si lo creéis oportuno 🙂

 

Puzle

Ene 13, 2017 | Relatos | 0 comentarios

De tanto escuchar, un día me rompí. No fui degenerando poco a poco o perdiendo partes de mí por el camino. Siempre tuve las cosas muy claras y mi seguridad era como una fortaleza infranqueable; hasta que un día, trabajando en la oficina, me rompí. Fue como una explosión insonora y sin cuenta atrás, simplemente, llegó un momento en que pasó. La rotura en sí no me dolió, lo que me hirió de verdad fue la ansiedad.

Mi brazo izquierdo —mi extremidad más útil y solvente—, fue el primero en rendirse. Cayó al suelo como la cola de una lagartija, moviéndose espasmódicamente para despistar a una amenaza que no era capaz de ver. Sin pretenderlo, agarró una larga melena negra que, al principio, confundí con una especie de roedor. Era mi pelo, mi cabellera había saltado de una sola pieza. A partir de ese instante, todo fue más confuso. Caí al suelo, golpeándome el costado. Mis piernas habían cedido como bastones de madera que se quiebran bajo un peso que no pueden soportar. Una se partió por encima de la rodilla con un sonoro “¡Crack!”, igual que una viga infectada de carcoma. La otra, un solo segundo después, se desencajó entera, dejando al aire una ingle huérfana y sin función. Los ojos, la nariz, la boca, un pecho. Todo iba derrumbándose. Si hubiera mantenido labios, quizás habría reído ante la visión de una Mrs. Potato de carne y hueso.

En el último suspiro, apenas un instante previo al derrumbe total, mi mano derecha: torpe, inútil y sin valor para un cuerpo engreído y totalitario, sujetó mi cabeza sobre el cuello. Yo la mantuve en equilibrio, ganando unos segundos vitales que ella, la mano, utilizó para volver a ponerme un ojo —lo había encontrado a tientas entre mis despojos—. Su siguiente prioridad fue colocarme la dentadura. Rápidamente, abrió el último cajón de mi escritorio, cogió la cinta adhesiva —que hacía años que no veía la luz—, acercó el rollo a mi boca y enseguida entendí lo que pretendía. Mordí para romper una primera tira. Los dedos hicieron con ella una bola y la desecharon. Estaba sucia y se había pegado con ella misma en un abrazo imposible de desbloquear. Con la segunda tira, y con mucho cuidado, fijamos con varias vueltas el cuello a la base de la cabeza. A continuación, seguimos con las demás partes, ya sin un orden establecido. Cuando al fin tuve la boca de nuevo completa, grité a mi mano: «el otro brazo, ¡coge el otro brazo!». De alguna manera intuí la duda de Derecha; temía volver a ser la segunda de abordo, pero obedeció. Izquierda se sintió agradecida de volver a formar parte de un todo. También sintió vergüenza por cómo había tratado siempre a Derecha, especialmente ahora que, además, le debía su gratitud por haberla salvado. Entre las dos, colaboraron consiguiendo acelerar todo el proceso hasta que finalmente, quedé de nuevo ensamblada.

Una risa nerviosa se me escapó y mi compañero de trabajo, que hasta entonces solo había mirado en otras direcciones más necesarias para el día a día, me dedicó su atención por primera vez desde el almuerzo. Me preguntó:

—¿De qué te ríes?

—Nada, cosas mías. ¿Sabes cuando, después de mucho tiempo, algo se rompe y lo reparas? Como un vaso, muy delicado pero que, hasta que se te cae, aguanta todo lo que le echen. Se llena y se vacía, Se llena y se vacía. ¿Crees que una vez roto, si lo recompones, puede volver a ser como cuando estaba de una sola pieza?

—Joder, no sé. Vaya pregunta. A ver, si te digo la verdad, nunca me he fijado. De hecho, creo que no he pegado un vaso roto en toda mi vida… ¿en serio crees que haya alguién que lo haga?

—Espero que sí.

—Al precio que van ahora, lo tiras a la basura y usas otro. No sé, si hasta los regalan con mermeladas o cremas de cacao. O en los chinos, son muy baratos y para salir del paso son más que suficiente.

—Sí, supongo. Pero…

El teléfono nos interrumpió en ese momento y mi compañero volvió a las cosas importantes. Yo, allí hecha un puzle, miraba al monitor de mi ordenador sin ver lo que enseñaba. Una alarma en forma de sonido —Bip!—, me sacó de mi ensueño. En la esquina inferior derecha de la pantalla, un aviso en forma de ventana emergente me mostraba una un mensaje entrante:

«Hola tú, ¿cómo lo tienes para vernos hoy? Estoy hecho polvo y necesito hablar con alguien ?… Tú todo bien como siempre, ¿verdad? Bss»

“Puzle” es un relato de Javi Fernández para Narranción.

La ilustración de “Puzle” es de Teresa Suau para Narranción y forma parte del reto #Inktober17

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