Relato en clave de humor sobre una traición y de la extraña habilidad de un ascensorista. Creado a partir de las palabras: ascensor, diccionario y traición.

Gracias a Teresa Suau por la ilustración del relato.

New York, New York

—¿Bajan?

La pareja entra en el ascensor: están espléndidos y lo saben. Con sendas copas del champán más caro que el hotel ha podido ofrecerles, miran con desdén al tercero en discordia y autor de la pregunta. Tanto ella como él coinciden en lo incómodo de encontrarse en ese momento de intimidad con un desconocido en un espacio tan reducido. Acaban de gastar en una noche más de lo que aquel hombre ganará en un año. Se lo hacen saber con miradas, cómplices entre ellos e indiferentes contra él. El ascensorista, con un voluminoso libro en la mano y un ridículo sombrero a juego con un traje no menos ordinario, no parece asombrado, sino más bien estimulado. Aprieta el botón del vestíbulo y abriendo el voluminoso libro empieza a leer: «Traición: 1. f. Falta que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener«. Cerrando de un golpe el diccionario lo dirige a su espalda, donde cruza las manos a la vez que inicia un pequeño e irritante vaivén a “pies juntillas”.

La mujer mira a su acompañante esperando una reacción que no llega. El hombre es incapaz de verla, pues su mirada y su boca han quedado congeladas en una expresión bobalicona, centradas ambas en el extraño joven que para empeorar la situación, silba una mal entonada melodía que recuerda al «New York, New York» de Sinatra.

—¿En serio vas a dejar que nos diga eso un aprieta-botones?

La frase sale escupida de la boca de la chica, que ahora adopta su rol de joven frente a su ya longevo acompañante —diferencia generacional que por otro lado no había hecho acto de presencia hasta ahora—. Él balbucea una pobre e incomprensible excusa, chabacana en comparación con la seguridad con la que despidió hace unas horas a su secretaria de toda la vida, para sustituirla por una joven prometedora, que curiosamente es la misma que le vuelve a gritar. El arrugado rostro del empresario reacciona al notar mojado su pié derecho. El licor de su copa se ha derramado en sus zapatos, calando a través del cuero y de los calcetines de algodón. Intenta secar el sudor que le empieza a humedecer el cuero cabelludo, despeinando el poco pelo que estratégicamente había conseguido gestionar,  no sin esfuerzo.

—¡Oiga!, ¿cómo se atreve?¿Acaso me conoce usted?

El silencio habría sido suficiente para acrecentar la tensa situación, pero no contento con eso, el joven de cara expresiva mira a la pareja y sin dejar de silbar ni balancearse, levanta sus dos cejas al unísono. Aparecen lágrimas en los ojos de la chica, ahora ya con el maquillaje en fuga. Solo es capaz de escuchar el hilo musical, que irónicamente da la entrada a una versión instrumental de «New York, New York» de Sinatra. El joven se une a la melodía, contento de poder volver a empezar. Ella se desespera.

—Lo sabía, eres un cobarde. Esto es cosa de tu mujer que nos ha descubierto. No se lo has dicho aún, ¿verdad? Contéstame maldita sea.

Ella desciende de sus altos zapatos de tacón mientras su compañero opta por la única salida que se le ocurre: se remanga y prepara un ataque desesperado. Ambos están fuera de control. Él alza el puño y un botón de su ajustada chaqueta salta deshilachado y libre. Ella alza la copa maldiciendo a la mujer del jefe. El botón envalentonado, golpea el ojo derecho de ella, que grita. Él frena en seco su intención de lanzar un cross bien entrenado. El medio camino entre el golpe y el arrepentimiento deja involuntariamente un codo olvidado en el trayecto de la sensual nariz de la joven, ahora de menor estatura. Ella vuelve a gritar de dolor y  de rabia por el impacto. Este último sentimiento la obliga a un cambio de objetivo y estrella la copa, aún con alguna gota de caro Champán, contra el rostro del despeinado viejo. Él grita descontrolado por el dolor: «Puta loca» a lo que ella contesta: «Flácido impotente».

“Bing”. La puerta del ascensor se abre justo a tiempo. Ella sale sangrando por la nariz, con un ojo hinchado y sin zapatos. Él escapa en dirección contraria con una brecha en la cara, la mirada perdida y un “chof chof” en los andares.

Sorprendida, una joven desaliñada que esperaba frente a la puerta, entra en el ascensor.

—¿Sube?

La chica sonríe con timidez al joven que le ha preguntado tan educadamente. Se cierran las puertas, él abre de nuevo su diccionario y lee: «Especial. 5. adj. Que está…»

Fin