Il·lustració de Jordi Fabregat

“Las tres lunas” es un relato de Daniel Clemente e ilustrado por Jordi Fabregat para el primer número de la revista Narranación. Esperamos que os guste tanto como a nosotros y que nos comentéis vuestras impresiones.

Las tres lunas

Tras un largo período de congelación —el tiempo exacto del cual no supieron nunca establecer—, Jan Sozsniek, el ingeniero agrónomo, y su compañero Jorum Bold, el ingeniero de sistemas, despertaron en un lugar muy distinto al que debían aterrizar. Su misión era simple, debían actuar como soporte técnico en las plantaciones de soja y arroz en la colonia establecida en el planeta Kali, pero ahí no había plantaciones, ni colonia, ni ninguna persona ni nada que se le pareciera. Estaban solos en un planeta totalmente desconocido para ellos. Los primeros días vagaron torpemente por las inmediaciones de la nave intentando dilucidar donde había estado el error. En un vano intento de mantener la calma y buscar una explicación lógica a lo sucedido pasaron semanas repasando la hoja de ruta y los registros de su período de criogenización suspensiva. Pasado el tiempo, a aquellos primeros dos meses de histeria los llamaron irónicamente “La era de las hipótesis” y éstas eran tan variopintas como las siguientes:

—Ha habido un fallo en la programación, estamos en Kali, pero en el otro hemisferio.

—El sistema ha detectado algún problema y Sichuan7 nos ha redireccionado a Kubera o Akash, solo que quizás unas horas más tarde y estamos a miles de kilómetros de las colonias.

—Ha habido algún problema en Sichuan7 y se ha perdido el monitoraje, quizás hemos pasado más tiempo congelados y estamos en uno de los tres planetas más lejanos, aún sin colonizar, X227, X229, x231.

—Quizás llevamos muchos años congelados y hemos llegado a otra galaxia y caído un planeta aún por conocer.

Lamentablemente la gran mayoría de estas afirmaciones era fruto de la histeria y carecía de fundamento amén de iniciar infinidad de discusiones que solo les sirvieron para gastar tiempo y energía. Ni el planeta Kali, ni Akash ni Kubera tenían tres lunas, no había registros de monitoraje tras el cuarto mes de criogenización y la falta absoluta de pistas los llevó a una única premisa válida:

—No sabemos dónde estamos y quizás jamás nos encuentren, estamos en un lugar desconocido y lo único que podemos hacer es intentar sobrevivir y esperar a que alguien nos encuentre.

Las primeras aterradoras e histéricas noches sacaron lo peor de cada uno, se gritaron, lloraron y patalearon como bebés, pero les sirvió para crear un vínculo entre ellos profundo y real, cada uno vio el interior del otro y comprendió su frustración y sus límites. Luego se calmó la ansiedad y la era de las hipótesis se dio por concluida. Aceptaron que ahí estaban y que, por el momento, no había noticias de ningún rescate.

Pese a que discrepaban en muchas opiniones el soñador Jan y el pragmático Jorum conversaban todas las noches, les inspiraba especialmente aquel cielo rosado que se volvía de un violeta casi brillante y aquellas tres lunas que parecían a veces más cerca y más lejos, ahora grises y ahora azules, naranjas o rosas; era algo bello cuyo sentido nunca consiguieron comprender. Cuando se refugiaban en la nave a oscuras y se disponían a dormir miraban por aquellos ojos de buey mientras se echaban un culín del ya poco licor que había a bordo y disertaban.

—Joram —empezaba Jan—, ¿piensas que los primeros hombres miraban también a la luna tal y como estamos mirando nosotros a estas tres lunas?

—¿Nosotros? —contestaba el otro—. ¿Como las miramos?

—Sin entender que hacen allí o porque se mueven —Joram se reía con un poco de cinismo, era un hombre más bien práctico.

—Los antiguos hombres creían que los astros eran dioses, nosotros sabemos que esas tres esferas que hay ahí no son dioses.

Jan se quedó pensativo y al rato contestó:

—Solo vemos tres esferas, pero tampoco sabemos que son lunas, quizás parecen lunas, pero quizás son algo que tampoco nosotros comprendemos. ¿Que sabemos de este lugar? Nada.

—Jan, si empezamos así… —reía Jorum— somos científicos y nos regimos por unas premisas, ¿no es eso?

—Sí, claro, amigo —decía Jan sin amargura—. Es sólo eso, que sólo somos científicos, porque como hombre, aquí, me siento tan pequeño como aquellos primeros hombres que confundían astros con dioses.

A pesar de las profundas diferencias filosóficas decidieron que ellos no pondrían nombres de dioses a los astros, les pusieron a las tres lunas: Esther, Mariya y Andreja, los nombres de la mujer de Jorum y de la mujer y la hija pequeña de Jan, respectivamente.

Exploraron el exterior e investigaron qué les ofrecía el terreno cercano a la nave.

Aquel era un lugar extraño para aquellos dos ingenieros. Era su primera misión en un planeta foráneo y sus estudios previos fueron un refugio parco para lo que se les vino encima. A la postre, sus pesquisas por las tierras inmediatas a la nave fueron poco esperanzadoras, la nave había aterrizado en lo que parecía ser un valle y a muchos kilómetros a la redonda era todo lo que había que ver: planicies de hierba azulada que parecían eternas y aquellos arbustos con bayas de muchos colores que después de muchos días se atrevieron a probar, ¿El veredicto? Las rojas daban retortijones, las amarillas estaban duras, las azules no parecían malas, pero no saciaban, pero algo había que probar, y por extraño que parezca, aparte de algún insecto diminuto y escurridizo, no vieron ni un solo animal por esa zona. «¿Cómo se mantiene esta mierda de ecosistema? ¡Es insostenible! ¡Parece que hasta alguien corte la hierba joder!», se decía Jan el ingeniero agrónomo sin esperar ninguna respuesta.

Pero lo que resultaba más aterrador de aquel lugar era que ese gran valle parecía rodeado en su totalidad por un bosque. El bosque, un gran bosque que parecía no tener fin, un bosque que parecía puesto ahí adrede, con millones de árboles de madera blanca de más de cien metros que rascaban el cielo, puestos en un orden casi geométrico. A todo esto, había que añadirle los estremecedores bramidos que nunca supieron si eran criaturas que vivían en la lejana copa de esos árboles o simplemente el ulular del viento. Explorar ese bosque o intentar ver su fin era una tarea que se antojaba imposible hasta para el más optimista, adentrarse en él era perderse sin remedio, eran pocos los puntos de referencia y uno podía girar sobre su eje y no ver más que interminables puntos de fuga a derecha e izquierda. Idearon un sistema para marcar los árboles que les permitió internarse unos seis kilómetros, pero les invadía el vértigo y la desazón al entrar en aquel lugar desolador, y sus búsquedas de alimento eran totalmente improductivas.

– Siempre el mismo paisaje y las mismas bayas –se lamentaba Jorum– comes y comes y es como si no comieras nada.

Hubo que añadir a todas estas dificultades el descubrimiento de que las hendiduras que hacían con cuchillos en los árboles parecían regenerarse a una velocidad pasmosa. Al cabo de unos días desaparecían por completo. En definitiva, concluyeron que era mejor no internarse en ese bosque a no ser que uno pretendiera no volver atrás.

Lo duro de su situación se solventó al principio con la seguridad de la nave, que era su refugio, disponían de energía de reserva para calentarse en las cada vez más frías noches, y la comida era bastante abundante, pero no infinita, y pese a sus esfuerzos por racionarla fue menguando paulatinamente hasta agotarse, y también se agotaron los sistemas de calefacción y la nave quedó a oscuras y se convirtió solo en un envoltorio vacío.

—Se hace cada vez más pronto de noche —dijo Jorum funestamente—. ¿Sabes lo que eso significa? —Jan asintió sin que hicieran falta más palabras, era algo que ya habían hablado. El frío era cada vez más intenso e incluso aquellas insípidas e insuficientes bayas morirían al avanzar el invierno: Había que dejar atrás la nave e internarse en el bosque si querían encontrar algún alimento.

Así que una mañana temprano los dos amigos, el ingeniero agrónomo Jan Sozsniek y el ingeniero de sistemas Jorum Bold cogieron sus dos mochilas y las cargaron con cuerdas, mantas, cuchillos, ollas, cucharas, las pocas reservas de agua y comida que tenían y decidieron internarse.

Poca cosa recordaba Jan, encogido en su agujero, de esa penosa travesía, no recordaba si fueron días o semanas las que pasaron en ese bosque. Lo único que rompía el estremecedor silencio era ese bramido aterrador que venía del cielo, cada vez más potente, aunque el sonido que más les atemorizaba era el sonido que producía el eco de sus propios jadeos. Su soledad era absoluta y cada vez tenían menos ánimos y fuerzas para hablar. Las bayas, como era de esperar, empezaron a escasear, así que empezaron a tomar la costumbre de beberse la sabia de la corteza de los árboles, cuyo sabor era nefasto y como alimento dejaba mucho que desear, pero calmaba la sed. Las noches al raso eran frías y extrañas, sin alimañas ni peligros a los que temer, los únicos enemigos eran el frío y los propios pensamientos.

—Desde aquí prácticamente no se ven nuestras lunas, las copas de los árboles las cubren casi por completo —dijo triste Jorum—. ¿Crees que hay algún lugar en este planeta que nos esté esperando?

Jan, que había sido quién con su ánimo positivo había tirado de los dos en tantas ocasiones tuvo que esforzarse mucho para animar a su amigo.

—Jorum, si no hay sitio para nosotros, lo construiremos, lo inventaremos, algo haremos.

Pero era demasiada la tristeza que arrastraban sus palabras como para resultar convincente. Así que Jorum se calló y al rato se durmieron.

Al día siguiente, salieron del bosque. Al cabo de un par de horas de andar se percataron de que la frondosidad del bosque era cada vez menor, la concentración de árboles había disminuido y cada vez penetraba más luz, la euforia les hizo subir el ritmo de la marcha y avanzaron a una velocidad impensable dos días atrás, pero la alegría inicial se vio eclipsada por un nuevo contratiempo: había empezado a nevar. Al principio no fue sino un motivo más de algarabía puesto que significaba un elemento nuevo para ellos en aquel monótono paisaje, pero pasadas las horas, el frío y el agua se les empezó a calar en su ya de por si débiles huesos. Según llegaban a los límites del bosque la nieve arreciaba con más potencia y empezaron a sentir una terrible fatiga a la vez que maldecían haber gastado sus fuerzas en el ritmo de marcha salvaje de la mañana. Para cuando llegaban al definitivo final, exhaustos y cegados por la nieve, el paisaje no fue alentador, ecuménicas extensiones de un desierto nevado y ni rastro de vida, ni un árbol, nada.

Tras unas horas de avances penosos por la nieve, encontraron la cueva. Pudieron resguardarse del viento y la nieve, pero no tenían con que calentarse y hacía ya días que no comían nada más que sabía de árbol, y aquel día, ni eso. De los dos, el que peor lo llevaba era Jorum, sus labios estaban azules y su mirada se perdía, hablaba sólo y deliraba echado en el suelo de la cueva, mientras buscaba por el agujero de entrada las tres lunas. A pesar del temporal, una de ellas refulgía roja en el firmamento, de las otras dos, no había ni rastro. Aquella noche Jorum murió.

Cuando su amigo Jan despertó y lo encontró muerto no se sorprendió ni fue capaz de derramar una lágrima, su fin también estaba cerca. Tras un rato de pensar decidió sacar a su amigo de la cueva y enterrarlo en el exterior, le dedicó una breve oración y volvió a su cueva, pero, sea por torpeza o cansancio, resbaló al entrar causando un corrimiento en la nieve que empezó a entrar a mansalva por el orificio empujando a Jan hacia el fondo de la cueva. Cuando se despertó del terrible golpe tuvo que percatarse aún de un hecho peor, la nieve lo había dejado atrapado en aquella cueva.

—Esther, Mariya, Andreja ¿dónde estáis? —deliraba Jan mientras arañaba inútilmente la nieve—. Ya no hay ninguna luz que me guíe en esta oscuridad, Jorum dime, quién somos y a qué hemos venido a este rincón del universo, te dije, te dije que había un sitio para los dos, pero no lo he encontrado —y gimoteó amargamente derrochando el poco oxígeno que le quedaba. Las pocas fuerzas que tenía le fueron abandonando y lentamente se desvaneció mientras buscaba sus tres lunas y recordaba a su amigo.

—Abrid las cabinas —dijo la oficial Jarsmussen y los operarios procedieron a la apertura. Sabía lo que iba a encontrar, pero el rostro de los dos ingenieros congelados la sobrecogió igualmente.

—¿Estás bien? —dijo la suboficial Martia Magners notando el cambio en el rostro de su jefa.

—Sí —dijo ella intentando reponerse mientras observaba los inertes cuerpos y negaba con la cabeza —. Esto es un desastre Martia.

—No entiendo cómo ha podido ocurrir —dijo la joven suboficial—. Vale, hubo un fallo en el sistema de congelación de las cabinas, pero ¿no está programado el navegador para volver automáticamente cuando esto ocurre?

—El sistema central de enrutación de la nave, así como las cabinas de congelación estaban en fase experimental —dijo Jarsmussen.

—No me constaba —contestó la chica.

—Nadie lo sabía. Ni siquiera ellos lo sabían —la incredulidad de Martia iba en aumento—. No se habían conseguido los permisos aún, nadie en Sistemas creyó que fuera a dar problemas, o no un problema así de grave. Sichuan7 se va a la mierda, es el fin de esta estación espacial. Ya hay un representante de la prensa y dos detectives de la policía en la estación así que… en fin, yo ya advertí que esto podía ocurrir —las dos mujeres se quedaron en silencio mirando los cuerpos cuando un bocinazo las sacó de su ensimismamiento.

—¡Las alarmas! —dijo Jarsmussen— ¡parad las alarmas! Es ridículo, deben haber estado sonando durante meses —La suboficial Martia se acercó a las cabinas para inspeccionarlas más de cerca.

—¿Qué tienen de diferente estas cabinas?, ¿y cuál fue el fallo? —la curiosidad de la chica era encomiable, pero a veces le resultaba cansina a la oficial, que sin embargo respondió con paciencia.

—Verás, estás cabinas no sólo congelan, existe además un proceso de estimulación por ondas del neocórtex cerebral, se supone que así se evitan las embolias y los problemas degenerativos cerebrales que se han dado en otros casos. Se deja el cerebro en un estado de sueño perpetuo para que no deje de funcionar del todo. Y el fallo ha venido del mismo sistema de navegación: es un equilibrio, la cabina detecta que no llega al lugar previsto en el tiempo requerido y empieza a subir el nivel de congelación y a racionar el suministro de agua y comida. Hasta ahí bien.

—¿Y entonces?

—Por algún motivo las ondas de estimulación del neocórtex empezaron a aumentar cada vez más y esto a su vez subió el nivel de congelación y bajó los suministros, hasta que… en fin. Ahí lo tienes —señaló a los difuntos.

—Oiga oficial ¿y esos tres pilotos apagados de la cabina?

—Ah, son indicadores luminosos: comida, agua y nivel de congelación, y no me preguntes porque alguien ha puesto paneles luminosos en una cabina para un congelador. Demasiado dinero ocupado en diseño y poco en programación —las dos mujeres quedaron meditabundas mientras inspeccionaban la nave y las cabinas—. Ahora habrá que decirlo a las familias, digo yo —dijo tristemente.

—Y entonces —dijo finalmente Martia tras mucho rato pensando—, ¿soñaron todos estos meses?

—Sí, querida, soñaron todos estos meses mientras morían —mientras decía esto la oficial Jarsmussen se percató de un detalle en la cabina que se le había escapado. Pero su compañera no captó el cambio de su superior—. ¿Y qué cosas debían soñar? —dijo Martia.

—No creo que soñaran nada agradable, Martia —contestó la oficial mientras mostraba los arañazos en el interior de la cabina del ingeniero Jan.

“Las tres lunas” es un relato de Daniel Clemente e ilustrado por Jordi Fabregat.

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