Y por fin el desenlace de «La mirilla». Quizás sea un final para esta terrorífica historia, pero no  para nuestro protagonista. Aunque su mente haya cedido la cordura a los demonios, su servidumbre será eterna.

La ilustración de mi amigo Javi Remiseiro. Visitad su facebook, donde da buena cuenta de su destreza.

Recupera aquí la primera parte si te la perdiste

Recupera aquí la segunda parte si te la perdiste

…Un cuerpo encorvado, arrugado y repugnante, un viejo de manos huesudas y uñas afiladas, se estaba escabullendo por debajo de la cuna. Llevaba a mi pequeña en sus brazos. Ante mis ojos y en una fracción de segundo, desaparecieron. En la cuna, solo quedó tendida una muñeca hecha de ramas y hojas secas..

La mirilla

Parte III – Desenlace

 

Mi reacción no deja de sorprenderme incluso ahora, aunque bien es cierto que obré según lo que fui capaz de soportar; todo el mundo tiene un límite y aquél fue el mío. Nuestro cerebro necesita por todos los medios resolver nuestras dudas y la tensión no deja de existir hasta que es solventado el dilema. Después de mi experiencia, puedo asegurar que no sentía miedo o desconcierto, pues totalmente fuera de control, mi subconsciente se encargó de tomar las riendas del asunto. En el momento en el que abrí los ojos, mi mente estaba segura de lo que ocurría y no cabía la menor duda de que no se trataba de una pesadilla o un estado alterado de mi conciencia. Por lo tanto, la determinación que tomé, no fue más que el resultado de la tranquilidad adquirida por el conocimiento, ahora sí, de la verdad. Me levanté de la cama y sin ni siquiera vestirme, salí dispuesto a acabar con mi vida. ¿De qué otra manera debía hacer frente a la pérdida de mi hija a manos de aquella incursión de los espíritus? Ni siquiera mi esposa podía entenderme y, consciente de la gran herida incurable que causaría ella, pensé en minimizar el golpe de mi abandono y mi muerte, realizando el acto en sí, lejos de aquel que había sido nuestro hogar. Pensé en dejar por escrito todo aquello que había ocurrido, pues no quería de ninguna forma que ella o alguien de mi entorno se sintiera responsable de mi marcha, o peor aún, se sintiera en la obligación de buscar a un responsable que no fuera yo y mi aciaga decisión. Y así es como empecé esta carta, y precisamente éste debía ser el punto donde acabarla. Con un “Te quiero amor, pero no soportaría vivir sin mi pequeña”.

Pero el relato continúa y en la parte que sigue, es donde mi cordura acabó del todo diezmada. Ahora ni siquiera soy capaz de plantearme el abandono de este mundo. El lugar escogido para mi muerte, fue el descampado donde vi por segunda vez aquella marca. Allí, entre aquellos que no se opondrían a mi decisión. Al llegar, el frío entumecía mis articulaciones, pues solo iba vestido con un pijama y era temprano. Me dirigí hacia el interior de la caravana marcada. Pensé que allí encontraría alguna cosa con la que poder llevar a cabo mi sacrificio, o liberación tal y como la sentía en aquel momento. Mis sospechas se confirmaron, y entre los desechos y la basura, rodeado de un olor que podría haberme matado en pocos días de haberme abandonado a él, encontré un cinturón. Lo dispuse todo para el acto. Me subí a una caja y rodeé mi cuello con la correa. Un ligero balanceo, que realicé con suma tranquilidad, bastó para volcar el cajón y dejar a mi cuerpo suspendido en el aire. El cinturón corrió por la hebilla hasta ajustarse a mi garganta, con un abrazo mortal e irrompible. Empezó así mi agonía, algo indescriptible e inacabable. En una ocasión leí que un ahorcamiento de estas características, podría alargarse no más de dos o tres minutos, así que me dispuse a esperar. No fue algo trivial y mi cuerpo luchó por sobrevivir desde su instinto animal. Cuando mis ojos ya se nublaban, caí en la cuenta de una figura que me observaba, desdibujada a contraluz en la puerta de la caravana. Aquel mendigo de mi primer encuentro reía sin reparos frente al espectáculo que le estaba ofreciendo. Se acercó a mí y me alzó, permitiendo que el aire llenara de nuevo mis pulmones. Cada parte de mi garganta me dolía y, me recordaba que había estado muy cerca de lograr mi propósito, pero el hombre no me descolgó, solo me aguantó alzado y no supe de su intención real hasta que me habló con su voz, tan profunda como mi odio.

Su historia era la mía y la mía la continuación de la suya, pues era el padre del pequeño que había vivido y desaparecido en aquella misma caravana, treinta años atrás. Él era el marido de aquella madre que, como mi mujer, no fue consciente del bebe cambiado. Había dedicado desde entonces su vida a intentar encontrar al niño. Mientras me sostenía, me contó que aquella marca, era la marca de un ser del que no osó pronunciar el nombre. Me dijo que en muchas culturas y pueblos es conocido y temido: el Kappa japonés, la Baba Yagá Rusa, las estriges polacas o el Abiku africano, insaciable devorador sin estómago. Incluso todas las hadas y brujas ladronas de niños que a través de mitos y supersticiones han ocultado su rostro entre diferentes aspectos y nombres. Todos y cada uno de ellos, representaciones menores del innombrable ser primigenio que se alimentaba de la inocencia y de la carne de nuestros descendientes. Pero aquel hombre, sin nada que perder y tras años en los que había sacrificado su propia mente a cambio de conocimiento, aseguraba conocer el modo de llegar a ese dios, a ese monstruo indiferente a nuestros sentimientos de seres menores. Lamentablemente no le quedaban fuerzas para enfrentarlo y sabía que moriría sin volver a ver a su hijo. Entre lágrimas, me ofreció, me suplicó, que aceptara la posibilidad del viaje, aunque no sin advertirme que la muerte era una opción más inteligente y definitiva. Si aceptaba traspasar los límites permitidos, nunca habría para mí un final posible, no habría descanso alguno. Acepté.

Empezó a susurrar unas palabras que, aunque desconocidas e ininteligibles para mí, me causaban un dolor y una ansiedad indescriptibles. Me empezaron a doler los músculos, los huesos, cada uno de mis órganos. Me dolían mis recuerdos, mis sentimientos y mi esperanza se esfumó por completo. Entonces me soltó y me dejó caer de nuevo, aunque en esta ocasión, no sentí ningún golpe al descolgarme. No era consciente de tener ojos, pero veía; no escuchaba nada, pero oía; No sentía nada, pero sufría. En la oscuridad me rodeaba la luz y en las tinieblas, un suspiro me alentaba a padecer sin descanso. Nadie gritaba a mi lado, pero me desgarraba por dentro un lamento de mil voces llorando al unísono. Quería acabar con aquello, pero era inconmensurable y eterno. A mi alrededor mis brazos y mis piernas eran decenas, centenas y quizás miles. Era anciano y joven. Era sordo y audaz. Fui ágil y seré bello. Era pasado, presente y futuro. Era todas mis posibles vidas, una por cada decisión tomada y una por cada decisión descartada. Lo era todo a la vez y me estiraba hasta el límite de la rotura. Todos ellos, que eran yo, emprendieron un viaje hacia los mundos de los señores superiores. Todos me enviaban sus visiones que me ametrallaban sin descanso, sin compasión. Lo que vi, no puedo describirlo por no conocer el modo, pero una de mis versiones, logró encontrar a mi pequeña. Estaba a punto de ser devorada por Él. No es que no quiera o no me atreva a pronunciar su nombre, es que no soy capaz de hacerlo. No me habló, no me miró y evidentemente no escuchó mi grito, pero de alguna manera supe cuál era la única opción para recuperar a Emma.

Mi conciencia volvió a la caravana, sintiendo que una respiración se apagaba poco a poco. No era la mía, sino la de aquel pobre diablo que ahora yacía en el suelo agonizando. Sus ojos y sus dientes sobresalían de un rostro alargado y lleno de sombras que antes no estaban. Yo también estaba ahora estirado en el suelo, frente a él. Me dijo adiós con sus pupilas y dejó de respirar. Le quité la mugrienta gabardina, comprobé las llaves de mi casa en el bolsillo de mi pijama y me dirigí de nuevo al centro de la ciudad. Debía tomar una decisión y rápido, ya que no sabía el tiempo o los días que había estado en aquel trance. Corrí con todas las fuerzas que podían quedarme a aquellas alturas. Observé a la gente apartarse de mí camino y no me importó. Mi objetivo estaba claro y debía apresurarme a cumplirlo. Me oculté tras unos arbustos del parque que hay justo al lado de mi casa y observé. Miré desde mi refugio hasta que se hizo de noche, hasta quedarme solo. A esas alturas ya había escogido a mi víctima. En ese momento aún no había odio en mi decisión, sino amor. Amor absoluto por mi hija. Quizás sí, me amparaba la crueldad suficiente para llevar a cabo mi tarea, sin que me temblara la mano al perpetrarla. A media noche, caminé hasta el portal de la persona escogida por mí. Entré sin mucho esfuerzo, pues conocía sobradamente aquel bloque de pisos. Colindante al mío, sabía que la puerta de entrada no cerraba bien desde que una semana antes la habían forzado. Al entrar, una figura encorvada y muy desgastada, repulsiva, me asustó y caí al suelo de la impresión, me faltaba el aire. Al ver que el enjuto personaje también caía, me reconocí en sus ojos y vi que no era más que mi propio reflejo en el espejo de la entrada del bloque. En ese momento no me importó. Subí por las escaleras a la segunda planta y me detuve, por fin, frente a la puerta del piso que andaba buscando. Allí vivía una chica joven, atractiva y soltera. Allí vivía aquella con la que había intercambiado más de una confidencia en el parque. Mientras nuestros bebés dormían en sus cochecitos, paseábamos bajo la sombra de los plataneros. Se había quedado embarazada tras una noche de fiesta y había decidido seguir adelante, harta de los hombres que se acercaban a su vida. Tampoco ese recuerdo me importó. Saqué las llaves de mi casa del bolsillo de la gabardina, la abotoné sobre mi cuerpo, como si adoptará otra piel y, avergonzado, completé el macabro uniforme cubriéndome con la ancha capucha que colgaba a mi espalda. Mientras rasgaba la madera de la puerta y grababa en ella la marca de Él, escuché un ruido en el interior del piso. Con la certeza de haber encontrado a un sustituto que intercambiar por mi pequeña, me asomé al pequeño agujero de la puerta, a la mirilla. Con mis ojos desesperados y plenos de odio hacia mí mismo, unas pupilas horrorizadas me miraron desde el interior.

 

Fin de «La Mirilla»

 

No olvides dejar tu opinión o comentario sobre esta espeluznante y misteriosa historia, ¿qué te ha parecido? ¿Esperabas este final?

«La mirilla» es un relato original de Javier Fernández Mata para narranacion.com

Guardar

Guardar

Guardar