Esta es la historia de Huma, una joven que pese a ser del todo incapaz, siempre había querido hacer honor al significado de su nombre: hacía años que no se sentía precisamente como una “ave portadora de alegría”. Añoraba un motivo que la sacara cada día de la cama. Quería dedicar su tiempo libre a una pasión que la llenara por dentro y la embelleciera por fuera. Soñaba volar libre pero lamentablemente no lo conseguía, no sin ayuda.

Se levantaba cada día a la misma hora y seguía un estricto protocolo que la llevaba hasta el décimo piso de un edificio de oficinas en el centro de la ciudad. También a diario hacía su trayecto en el interior de un ascensor de principios del siglo XX, que una vez restaurado, contrastaba con los cubículos geométricos acumulados a modo de oficinas. Tras las rejas que formaban la puerta del ascensor, era difícil verse como un pájaro libre. Subía las diez plantas contando cada número de manera secuencial y al marcharse volvía a hacerlo pero al contrario, como una cuenta atrás al aburrimiento.

Hace hoy cinco días, esa monotonía se vio truncada de repente. Entre el octavo y el noveno piso había aparecido una nueva planta en obras con un extraño pasillo que desenvocaba en la puerta del ascensor. Nunca antes había estado ahí y de hecho no tenía ningún sentido, simplemente no cabía. Desde entonces y también a diario, plantado frente a la reja del ascensor en esa nueva planta, un hombre pálido e inexpresivo se quedaba mirando a Huma. Seguía su ascenso con el leve movimiento de sus ojos y siempre en silencio. Ataviado con un traje negro y un sombrero oscuro, dejaba caer entre las rejas una tarjeta, que siempre quedaba en el suelo bocarriba mostrando una sola frase: «Elevamos tus sueños».

Huma llevaba desde entonces preguntando a sus compañeros sobre esta extraña planta, sobre el individuo y sobre la no menos extraña tarjeta. Había buscado información por todas partes, incluso si existía alguna nueva empresa que estuviera instalándose en el edificio. Nadie sabía nada. La incertidumbre por resolver este misterio que parecía afectarla solo a ella, provocaba que su energía se multiplicara. Su tiempo libre era dedicado de manera excitante y exclusiva a encontrar una respuesta.

Llegados al día que nos ocupa, llevó a cabo la última medida que se le ocurrió. Tras buscar el modelo concreto del antiguo ascensor y la manera de provocar una parada de emergencia, detuvo la marcha de la ruidosa máquina justo enfrente del inexpresivo individuo. Éste, girando tranquilamente sobre sí mismo desapareció al final del pasillo mientras Huma abría a la fuerza la reja. Después de correr en línea recta y girar la misma esquina que el misterioso hombre, nuestra ahora enérgica amiga se encontró por sorpresa con el límite físico del edificio. Al parecer aún no habían acabado todas las paredes de esta planta. Con el viento en la cara, solo un paso la separaba de caer al vacío.

A su espalda, una mano empuja suavemente a Huma hacia el abismo, acompañada de un cariñoso susurro: “vuela libre”.