Con un puñado de años y la cara llena de arañazos, me relajaba estar a su lado, sin miedo. La posibilidad de poder bajar mis defensas en un lugar y con un alguien. Llenos de vitales problemas infantiles, nuestra paz era un castillo inexpugnable. Nos ayudamos durante y después; afrontando diferentes problemas pero de igual importancia. Reímos y lloramos en la privacidad de nuestro pequeño feudo y cuando los dedos de todos los descendientes no bastaron para contar nuestros años, nos dedicamos a recordar.

Ahora sé qué es la amistad y no es más que el echarte tanto de menos.