Os dejamos con un relato onírico y surrealista, donde la importancia de los pequeños errores puede ser fatal.

La impresionante ilustración es de Teresa Suau. ¡Muchas gracias! No olvidéis revisar su instagram, donde encontraréis su trabajo.

– Magnífico e infalibre museo de pequeños pero  importantes granos e historias que olvidarás –

Como cada lunes por la mañana, encuentro al cartero introduciendo la correspondencia en los buzones. Es un profesional al que no le conozco ningún despiste y, como tal, es también educado y medido con la intimidad de los vecinos. Motivo por el cual, me extraña que se dirija a mí por mi nombre de pila y sin su característico “Buenos días señor tercero-primera”.

—Luís, aquí está tu invitación.

Me quedo un poco parado y con una sonrisa a medio montar en mi cara. Mientras cojo la carta, él continúa, ahora con un tono más habitual.

—Disculpe que me haya dirigido a usted en esos términos tan poco profesionales, no volverá a ocurrir. Según me han indicado mis compañeras de estafeta, en balizas han dado instrucciones de cumplir con lo que el remitente de la carta ha dicho al depositarla en ventanilla. Según él, era de imperativa necesidad entregarle este sobre tal y como he hecho. Con esa frase me refiero; exactamente esa y no otra. En caso contrario, el contenido del sobre podía llegarle a usted con errores.

—Gracias Marian…

—También es cierto —Me interrumpe, algo inaudito en él—, que con estos jueguecitos de la nueva publicidad, lo que consiguen es ponernos a nosotros en un compromiso. El mensaje ha pasado por tantas bocas, que al final tienes la sensación de estar participando en el juego aquel del “telefonito” —dice esta última palabra desacelerando el ritmo y con un tono punzante—. Sí, ese en el que lo que había dicho el primero, no se parecía en nada a lo que recibía el último.

Se da la vuelta y ofreciéndome su espalda, sigue con su desahogo.

—Comprenderá que, pese a lo extravagante del asunto, cumplo con mi trabajo —vuelve a mirarme, esta vez de reojo—, aunque me gustaría recomendarle el correo electrónico para según qué cosas. Tenga usted un buen día señor tercero-primera.

Sorprendido, no atino a devolverle el saludo. Él no espera y desaparece por la puerta para seguir con su rutina laboral. Está claro que está bastante molesto. Conociéndolo, estoy seguro de que ha sido más por el tema de tutearme, que por las pautas tan extrañas que ha tenido que seguir. Mariano lleva más de veinte años repartiendo las cartas del barrio y nunca ha faltado al que él considera su decálogo vocacional, exactamente al punto tres: la correcta educación para con el destinatario final. Para ser primera hora de la mañana, no está nada mal.

Abro el sobre. En su interior encuentro una tarjeta de color marrón con el siguiente mensaje: “Ha llegado a la ciudad el Magnífico e infalible museo de pequeños pero importantes granos e historias que olvidarás”. Lo leo un par de veces y concluyo que no son maneras de atacarme en un lunes tan temprano. Yo no recuerdo haber pedido nada relacionado con esta publicidad, a la que además le falta un “no” entre el “que” y el “olvidarás”. En mi agencia, el responsable de algo así estaría automáticamente de patitas en la calle. Mejor me voy a tomar un café y después me planteo qué es lo que ha ocurrido hasta ahora.

De camino, pienso en tirar la tarjeta a la primera papelera que encuentre, pero no lo hago por no desviarme de esa línea imaginaria que marca mi ruta habitual. Al cabo del día, ¿cuántas tareas banales acabamos posponiendo sin ninguna explicación? En mi caso: muchas, y esta es otra de ellas. Hagamos las cosas bien, primera parada: la cafetería.

Tras una mañana algo caótica en la oficina, por fin llega la ansiada pausa para el desayuno; bajo a la cafetería. Decididamente, no he empezado bien la semana. Según parece, el viernes por la tarde organicé una reunión para primera hora de hoy, a la que no he asistido hasta que me han llamado por teléfono. No recuerdo haber enviado la convocatoria, pero en fin, ahí están los correos electrónicos como prueba infalible. Mientras apuro el segundo café del día, vuelvo a encontrarme con la invitación, guardada en el bolsillo derecho de mi chaqueta —tampoco recuerdo haberla puesto ahí, no sé qué me pasa hoy—. Vuelvo a leerla, fijándome esta vez en la dirección del museo que, casualmente, está a una sola calle de mi oficina. No se detallan precios ni horarios, pero sacrificaré el tercer café para ir a echarle un ojo. Antes de ir a caja para pagar, me guardo un sobre de azúcar moreno en el bolsillo izquierdo; es otra de mis manías. Hay muchas cafeterías que no tienen y me obligan a tomar azúcar blanco. ¿Se puede ser más desconsiderado?.

Y por fin, ahí lo tenemos. No puedo evitar sonreír, el grandilocuente y rimbombante nombre corresponde a una caravana de feria en la que apenas cabe el exagerado letrero. No puedo creer que la gente no esté haciendo cola para hacerle fotos. El carromato es impresionante, hecho de madera en su totalidad —techo incluido—. Tiene tres pequeñas ventanas y barrocos adornos complementan cada uno de sus ángulos. Parece sacado de algún cuento para niños o de algún momento en el tiempo entre el Imperio Romano y el Renacimiento —Sí, sé que el abanico es amplio, pero soy fatal con la imaginación y odio la historia—. Me acerco, sin duda sacaré tiempo de donde sea para visitarlo. La puerta, situada en la parte delantera, está cerrada y, de manera sorprendente, me inunda una desilusión incomprensible unas horas antes. Pero cuando decido darme la vuelta y volver a la oficina, me sobresalta una voz rasgada, aguda y afilada, como silbada a través de un peine.

—Tienes la invitación, ¿verdad? Adelante, adelante.

Se abre la puerta y al entrar, reparo que a mi derecha se encuentra el origen de la voz. Un loro me mira ojiplático desde una taquilla hecha a su medida. Empiezo a balbucear las preguntas que me vienen a la cabeza —que son muchas—, pero no sé si me desconcierta más la situación o el hecho de tenérselas que formular a un pájaro de colores. Cuando quiero darme cuenta, he dejado atrás la entrada y, para más sorna, me ha parecido instruir una sonrisa complaciente en el pico del pájaro. Algo que, por otro lado, sé que es imposible.

Dentro, el espacio es enorme, tal y como debe ser un museo. Deslumbrado por la altura del techo y por la diáfana amplitud, apenas recuerdo la entrada del recinto. Toda una lástima, porque debe ser majestuosa; volveré a fijarme a la salida. Me recibe un hombre alto y moreno. Viste su cuerpo con traje completo y su cara, con una afilada barba. Un bastón y un sombrero victoriano complementan su saludo y, sin más preámbulos, pasa a guiarme por las diferentes estancias. Me va detallando cada una de las piezas y, aunque lo intento, no soy capaz de determinar el origen de mi peculiar guía por su acento. Sé que no es de aquí, eso seguro, pero no consigo relacionarlo. De hecho, ahora mismo tampoco me viene a la memoria de dónde soy yo, eso sí, lo tengo en la punta de la lengua.

—Este grano de arena, procede del reloj del sultán de Kru-û, sultanato olvidado incluso por el tiempo. Este otro, fue traído por una tormenta y es el único que se conserva de las playas de plata de la desaparecida Atlantis. Y éste, precioso por cierto, es un grano de sal de los desiertos perdidos que ocultan el tesoro de la reina de Sheba, disculpe, de Saba.

Cada grano descansa sobre un pedestal de metro y medio. Al lado de cada uno de ellos, un hombre o mujer ataviados con ropas acordes a la muestra, los ponen en contexto. De pié y con expresiones desubicadas, miran al infinito buscando, no una respuesta, sino más bien una pregunta que no saben formular. Yo estoy embelesado, lo que aquí se encuentra es increíble. Mi guía, del que no recuerdo el nombre aunque supongo que me lo ha dicho al presentarnos, me saca del embrujo y me pide mi invitación. Tanteo mis bolsillos en busca de algún resguardo, pues no soy consciente de haber recibido ninguna. En el bolsillo izquierdo encuentro un sobre de azúcar y en el derecho, lo que parece el papel que me reclama este señor que no sé quién es. Lo toma de mi mano y su cara cambia de golpe la expresión. Lo dobla por la mitad mientras aprieta sus labios hasta expresar un “I’m sorry” en susurros y un “Lo siento” en un tono más audible.

—Estimado, parece que han tenido un error con la entrega de la tarjeta. Ésta no es del todo correcta. Las invitaciones son siempre de color, ¿how is it in spanish?, verde, exacto, de color verde. La suya, como puede chequear, es de color marrón. Las tarjetas marrones son para expositores del museo, no para visitantes. Llegados a este punto, todo nuestro protocolo debe haberse puesto en marcha desde que recibió la tarjeta. So, lo único que puedo preguntarle antes de que pierda la memoria por completo es, ¿qué ha traído usted para aportar a la colección del museo?

No tengo ni idea de lo que me está diciendo este señor tan raro. Pero después de lo que creo son unos pocos minutos, sigo aquí de pie, al lado de un pequeño pedestal vacío y con un sobrecito en mi mano izquierda, repleto de granos marrones que me apetece mucho dejar apoyados en algún sitio.

– Fin –

“Magnífico e infalible museo de pequeños pero importantes granos e historias que olvidarás” es un relato original de Javier Fernández Mata para narranacion.com —2017—

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