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Los salvajes

Dic 5, 2017 | Relatos, Relatos libres | 6 comentarios

Era más que un simple robot, era nuestro hogar.

Después de los años de la Guerra, llegaron los años de la Soledad. Me esforcé en olvidar los motivos que nos llevaron al conflicto, seguramente cualquier excusa sirvió para despertar nuestro comportamiento salvaje, pero eso ya no tenía importancia en nuestra casa.

Etí y yo vivíamos entre las costillas de un robot de abastecimiento que durante la Guerra se encargaba de la intendencia de los soldados. Su cabeza, medio sepultada ya por la arena de la playa, miraba hacia la línea del horizonte, como anhelando ver llegar a alguno de los pocos supervivientes de los que yo tenía constancia a través de las transmisiones. A diferencia del gigante, yo no esperaba ver a nadie. No es que no tuviera esperanza, es que no lo deseaba. Si alguna vez ellos llegaban hasta nosotros, se llevarían a Etí y yo estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para mantener a mi hija conmigo.

Etí era libre de correr por donde quisiera, siempre que se encargara de todas las tareas diarias. El ataque que mató a su madre, a mí me cercenó una pierna, además de la mitad de mi corazón, que se quebró tras la muerte de mi compañera. Ya a su corta edad, Etí era ágil y fuerte y mientras ella se mantenía ocupada con los quehaceres más físicos, yo oteaba desde las alturas en todas direcciones —y prácticamente en todo momento—. Subido en la plancha de acero y plomo que formaba el omóplato de aquel titán que nos daba cobijo, vigilaba con mi telescopio que no apareciera la desdicha en forma de extranjeros.

Ella solo tenía una prohibición y la respetaba: la sala de control. Situada en el interior de la cabeza del robot, estaba dañada prácticamente por completo. Allí, todo había quedado hecho una ruina de cables y circuitos, excepto la radio de emergencia, que aún funcionaba de manera analógica y por frecuencias antiguas, llenas de ruido.

«Papá, ¿porqué no puedo entrar en el cerebro?» me preguntaba inocentemente cuando solo era una niña, «porque es peligroso y papá no quiere que te hagas daño». Paradójicamente, la comunicación con el exterior, saber que en realidad no estábamos tan solos, permanecía encerrado allí, en el cerebro del gigante. Yo, quien antes del gran conflicto, había sido ferviente defensor de la cultura y el progreso, me veía entonces ejerciendo de censor al conocimiento, vetando la verdad a mi propia hija.

«Papá, quiero entrar en el cerebro» me repetía cuando discutíamos siendo ella ya una criatura cercana a la pubertad. «Hija, ahora no es el momento», contestaba yo, dando por concluida la discusión y, tras su enfado, también la conversación de los siguientes días. ¿Por qué no destruí la radio? Porque no pude. Era la única ventana que nos quedaba a la triste realidad en la que había quedado el mundo y no tenía fuerza suficiente como para romperla de una pedrada. Yo también iba envejeciendo y mis recuerdos me anclaban a un tiempo y a unas costumbres de las que no podía escapar con un simple golpe. Ése fue sin duda alguna mi gran error.

«Padre, he entrado en el cerebro» me dijo recién cumplidos los catorce años. Su frase me paralizó y estuve a punto de caer cuando me falló la mano con la que sostenía mi bastón. «¿A quién pertenecen esas voces? Padre, usted siempre ha sabido que no somos los únicos supervivientes, ¿verdad?». Etí les había contestado y les había facilitado también nuestras coordenadas.

Hoy los veo allá en las dunas, acercándose. Son varios muchachos de no más de quince años, quizás su convincente líder tenga alguno más. Mi pequeña, a sus catorce, les contestó y ahora se marchará con ellos para siempre. Los conozco y sé cómo actúan por las conversaciones que mantienen por radio. Son la generación de La Soledad y se están organizando. Nadie les ha explicado nunca los motivos de la Guerra pero saben quienes fueron los culpables. Por ese motivo vienen a buscar a Etí para su joven causa. Y también por ese motivo, yo me quedaré definitivamente solo hasta el último de mis días, entre las costillas de un robot de abastecimiento derribado en una playa olvidada. Etí se marchará enamorada de la juventud y el futuro y dejará conmigo el último recuerdo de los salvajes.

“Los salvajes” es un relato corto que intenta reflexionar sobre la soledad y sobre el paso del tiempo desde el punto de vista de un padre. Hecho a través de un distópico futuro no muy lejano, me encantaría saber si también a vosotros os sugiere este personal punto de vista o, por el contrario, os propone otros temas o conceptos.

Espero que os haya gustado y sino, pues me contáis también 🙂

Un abrazo. Javi.

“Los salvajes” es un relato de Javi Fernández para Narranción.

La ilustración de “Los salvajes” es una obra de Teresa Suau para Narranción.

6 Comentarios

  1. JeSús cerezo

    Ese mundo distópico futuro me evoca las pelis antiguas de Mad Max, humanos sin ilusión y en una tierra triste y destruida. Bien explicado. Sslud Javi.

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    • narranacion

      ¡Muchas gracias Jesús! Sí, totalmente de acuerdo con lo que comentas. Una de las ambientaciones que más me influyeron cuando lo escribí fue la serie de animación “Conan, el niño del futuro”, una obra maestra.
      Un abrazo

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  2. Dani

    Muy bueno Javi………. quiero más!!!!!

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    • narranacion

      ¡Muchas gracias Dani!
      Comentarios como éste dan energías para seguir publicando.

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  3. Vanesa Carcasona Bonet

    Molt xulo!

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    • narranacion

      Gràcies Vanesa!
      Una abraçada.

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