Prólogo

 

Hubo un tiempo en que las llaves que abren las puertas hacia Kun eran conocidas por todos los habitantes de los antiguos continentes, aunque por aquel entonces éstos aún  no tenían los nombres ni la fisonomía por los que los conocemos en la actualidad.

Kun ya existía cuando nosotros empezamos a erguirnos y existirá cuando nos hayamos extinguido. He de declararme en este punto, ferviente seguidor de las corrientes iniciadas por Lamark y su Filosofía Zoológica, y más recientemente presentadas en la publicación del controvertido “Origen de las especies” de Charles Darwin. Pero debo advertirles que deben ustedes dejar de lado todo método científico, pues las leyes en Kun son como un ser vivo y extremadamente caprichoso, capaz de cambiar las leyes de su naturaleza a voluntad y sin previo aviso.

Haciendo referencia a su topografía, extensión o a sus características raciales o de demografía, debemos afirmar que no se trata de un continente perdido como lo es la Atlántida. No da cobijo a los grandes reyes como hace Ávalon, a gigantes como la isla de Brobdingnag o a diminutas personas como la apartada Liliput. Sus habitantes no son reptiles gigantescos o hombres salvajes como los que habitan el centro de la Tierra. Ni siquiera es una mágica, sino que se trata de la suma de todos esos lugares y de muchos más, tanto los conocidos como los que aún están por descubrir.

Resulta del todo imposible describir el mundo(*) de Kun de una manera estructurada y formal. De hecho, intentando ser lógicos y mediante el método de la observación, mi hermana y yo hemos dedicado nuestros esfuerzos en la creación de un compendio de seres y lugares con los que hemos convivido durante varios años. Kun es moldeable y variable. Sus criaturas pueden ser vivas y no-vivas —que no muertas— en diferentes momentos de su ciclo vital. Sus playas pueden secarse hasta convertirse en desiertos al amanecer, mientras albergan grandes mamíferos marinos al anochecer. Podemos encontrar plantas que se reproducen como ovíparos y hemos llegado a conocer crías de reptil que nacen para engendrar a sus propios padres para que los críen.

Después de varias visitas a Kun, hemos encontrado una única manera de explicar su morfología, su clima, su flora y su fauna. Este método de divulgación pasa por la utilización de una de esas llaves perdidas en el tiempo y que en estos momentos sostiene entre sus manos, apreciado lector. La única manera de que Kun sea visitado es a través de sus cuentos y sus fábulas. No por eso debe usted confundir esta compilación con una simple reunión de cuentos infantiles, ya que podrá descubrir que no se trata únicamente de hacer viajar su imaginación a mundos de fantasía, en ocasiones no todos acaban siendo felices para siempre y le podemos asegurar que no será únicamente su mente la que acabe emprendiendo el viaje.

Así pues y sin más dilación, nos complace a mi querida hermana y a mí mismo, presentarles “Los cuentos completos de Kun y de los seres que habitan en sus mágicas tierras”. Y recuerden, tengan ustedes mucho cuidado y no olviden que son meros visitantes en una tierra antigua y sabia, así que cuídenla por favor.

 

 Maurice Laplace, Septiembre de 1861

 

 

(*) NdA: Haremos referencia a él de esta manera a partir de ahora para no aburrir al lector con largas parrafadas en las que justificar su fisonomía, aunque desconozco si es un mundo como tal o se trata de varios de ellos interconectados por diferentes puertas y/o caminos. Adoptaremos pues, arbitrariamente si quieren, este vocablo.

La cueva de los recuerdos

Esta historia nos la explicó en una taberna, en un rincón, entre sombras y olor a licor rancio, un anciano con tantos dientes como pelos en su brillante y despoblada calva. Nos dió a entender que él era el protagonista.

No es la primera a la que tuvimos acceso mi hermano y yo, pero de mutuo acuerdo, hemos creído la más acertada para que se hagan ustedes a la idea de lo que en esta compilación encontrarán y si les vale la pena la lectura, que por otro lado y como no podía ser de otra manera, recomendamos.

Lourdes LaPlace

Capítulo 1

Kildeon era un poblado apacible y tranquilo donde nunca pasaba nada. Situado en el piedemonte de una baja montaña invertida, vivíamos de la pesca de murciélagos. Estos roedores voladores se reunían para procrear a más de 1200 metros bajo tierra, en la oscura cima de la montaña.

Yo era entonces el voceador de Kildeon, un joven muchacho que se encargaba de gritar las nuevas en la plaza del pueblo. En los últimos años, no había tenido más trabajo que el de informar de los kilos de murciélagos atrapados cada mañana y de su precio de salida en la lonja matinal. Mi espíritu, equiparable al de un pequeño y travieso demonio de los dados, se planteaba cada mañana provocar algún que otro altercado que me permitiera ver alguna cara de sorpresa entre los vecinos. Las posibles reprimendas, me disuadían de hacerlo, aunque con cada salida del sol, la tentación se presentaba más robusta.

Uno de mis mejores amigos era el hijo del herrero. Alto y fuerte como un buey de los bosques de carbonita, soñaba con ser un famoso guerrero. Siempre estaba fabulando sobre los posibles sobrenombres que tendría gracias a sus aventuras y desventuras. Fastuosos motes que yo, su querido e inquieto amigo, me apresuraba a rimar con alguna palabra divertida que hiciera reír a los demás del grupo.

Y si de risas hablamos, debemos presentar a la tercera en discordia. La hermana pequeña de la curandera del pueblo. Sus padres habían muerto años atrás al caer hasta la cima de la montaña invertida en un desgraciado accidente de pesca. En Kildeon nadie hablaba nunca de ello, ni siquiera ella. Su hermana, diez años mayor, se había ocupado de las responsabilidades curativas del pueblo, como hiciera anteriormente su madre y todas sus antepasadas. Ella todavía no sabía cuál era su lugar entre sus vecinos, ya que pese a creer tener aptitudes, era por tradición su hermana la que ocuparía el oficio de sanadora y, por lo tanto, la que recibió tanto las lecciones como los pergaminos. Pese a todo, nunca le faltaba una sonrisa en la cara que me animara a perpretar alguna de mis ideas más descabelladas, solo por oir su risa, sin duda la mejor música que podía escuchar un alma en toda la zona.

Por último, la esquiva y sombría benjamina del grupo. Se pasaba el día leyendo libros extraños. De hecho no sé calibrar cómo de extraños eran esos libros, pues para mí todos ellos lo eran. Le encantaba frecuentar la cueva del viejo Zon-hurg, un medio-cuervo creado hace años por la magia y que pese a ayudar en algunas labores del pueblo, era evitado en todo lo posible por sus convecinos. Blanca de piel y de ojos negros como el interior de la nariz de un dragón linterna, vestía siempre con retales a juego con su enmarañada cabellera. Mi gran reto siempre fue dibujarle una sonrisa.

Aquel día, estábamos todos reunidos en la ladera opuesta al pueblo, esperando que ocurriera algo fuera de lo habitual. Sabíamos de antemano que al volver a nuestras casas al anochecer, antes de que subiera la marea, no habríamos vivido nada especial más allá de ver a un falcón-pescador tomar alguna presa. Pero como ya imaginareis, este día fue diferente.

Sin previo aviso, el aire emitió un extraño y agudo pitido, apenas audible para nosotros. El falcón-pescador gritó en el cielo mientras el sonido iba aumentando su intensidad hasta hacerlo perder el rumbo. Nuestras manos se apresuraron a tapar nuestros oídos, pero el sonido, fino y escurridizo como el agua, se colaba entre los dedos para acabar rebotando en el interior de nuestras cabezas. Sin poder evitar caer de rodillas sobre la hierba, poco a poco adoptamos forma de ovillos en el suelo. Otro sonido, opaco y sin reverberación —como el golpe de una maza sobre un saco de fina arena—, finalizó con el agudo tormento. Frente a nosotros, salido directamente del silbido, recuperaba el aliento un delgado y desaliñado joven de no más de 16 veranos y no menos de 12. Arreglando su cabellera, despeinada tras una violenta frenada, ocultaba entre sus ropajes, un silbato de oro colgado del cuello.

Continua en el capítulo 2 …

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