La cueva de los recuerdos

Capítulo 2

Me acuerdo de todo lo que sucedió después con todo lujo de detalles. Aquella primera aventura que vivimos los cuatro —los cinco si contamos a Rodán— nos enseñó muchas cosas, pero sobre todo dos: hasta donde éramos capaces de llegar juntos y de lo importante que resulta mantener vivos los recuerdos.

Cuando Rodán apareció ante nuestros ojos, después de haber castigado nuestros oídos con aquel pitido infernal, su cara tenía una expresión similar a la nuestra. Su mandíbula inferior colgaba sin disimulo. Sus ojos, bien abiertos, iban pivotando de un lado a otro intentando detectar en nosotros algún movimiento, pero si él no se movía en absoluto, nosotros aún menos. Éramos como estatuas escuchando al viento silbar entre la hierba alta que nos cubría hasta las rodillas. Como no podía ser de otra manera, fui yo quien rompió por fin el silencio. Creo que fue alguna cosa similar a «Hola extrangero, mi nombre es Ílian y soy el voceador de Kildeon. Estos son mis amigos: Urli, Sanya y Bru. ¿Cómo has hecho eso de aparecer de la nada? Lo has hecho con ese silbato que has guardado bajo tu camisa, ¿verdad?».

No contestó enseguida, claro, sacudió su cabeza hasta que consiguió parpadear por primera vez en mucho rato. Después se dio la vuelta, miró nervioso a su espalda intentando ver algo —o a alguien— en el horizonte y, solo después de pasarse la mano abierta por la boca y despeinarse un poco más aquel pelo lleno de remolinos, contestó. Nos dijo su nombre, que como ya he adelantado antes era Rodán, y nos pidió ayuda para alejarse de allí cuanto antes y ocultarse en algún sitio seguro. Nosotros nos miramos llenos de complicidad. Era algo inaudito en Kildeon. Solo con aquel encuentro ya podría llenar un mes de conversaciones y de noticias matinales. Así que entre eso y la cándida confianza que nos daba nuestra corta edad, con nuestro silencio decidimos ayudarlo.

 

Lo llevamos a nuestra cueva secreta. En realidad era una entrada superficial a pocos metros de donde nos encontrábamos, pero por aquel entonces a nosotros nos parecía una fortaleza infranqueable. De camino, Rodán solo nos dirigió la palabra para apremiarnos a continuar sin distraernos con conversaciones que, sin duda, podían esperar. Parecía no darse cuenta de que estábamos ansiosos por lanzarle una pregunta tras otra, o quizás fuera tan consciente de ello que precisamente por ese motivo decidió aplicar la presteza por encima de los modales. Al llegar, cerramos la infalible puerta de nuestra guarida, hecha de ramas colgantes y hojas secas. Nos sentamos sin atrevernos a decir nada, mientras veíamos entusiasmados como aquel extranjero se iba calmando poco a poco, recobrando un ritmo normal de respiración y relajando por primera vez en mucho tiempo sus brazos y su cuello.

Poner aquí la conversación que tuvimos sería del todo injusto. Nunca he sido bueno actuando y no sé verme aquí sentado, en esta taberna, con mis arrugas, mis dolores y mi aliento, intentando imitar las voces de todos aquellos niños que fuimos hace tantos años. Además, las palabras serían las mías, una vez filtradas por esta castigada memoria con sabor etílico, y no las que en realidad fueron. Por ese motivo, prefiero explicarlo como este viejo andrajoso lo haría: con el cuento en el que se ha convertido.

Rodán nos confirmó lo que ya sospechábamos: lo estaban siguiendo. ¿Quién lo seguía? No lo sabía o no recordaba quienes eran. ¿Por qué los seguían? Tampoco. De hecho recordaba entre “no demasiado” y “nada en absoluto”. Nos enseñó un papel, un resguardo, conforme Rodán El Tansafaí dejaba todo su pasado en depósito en la Cueva de los recuerdos, que según el sello, parecía estar gestionada por los hermanos Orín. Al parecer lo encontró entre sus manos cuando el día anterior a nuestro encuentro, despertó desorientado entre maleza y sotobosque. Además del resguardo, de su cuello colgaba un silbato dorado. En aquel primer momento, ni tan solo sabía su nombre. No tuvo tiempo ni para asustarse, ya que enseguida escuchó ladridos y caballos que se acercaban a toda la velocidad que les permitían los árboles. Su primera reacción fue usar el silbato para llamar la atención y tener  de esa manera alguna oportunidad de ser asistido, así que sopló con todas sus fuerzas. El mundo sólido desapareció ante sus ojos y se convirtió en humo y líquido que fluían mezclados de delante hacia atrás. El sonido también se ausentó por completo o al menos así lo explicaba. Transcurridos unos segundos, todo alrededor suyo paró de golpe y el mundo volvió a la normalidad con un estruendo de hojas molestas por el viento y pájaros cantando. Ya no estaba en el mismo lugar. Aunque le costó situarse, enseguida entendió que había viajado una distancia indeterminada en un tiempo muy corto.

De entre unos arbustos escuchó el gruñido aterrador de un perro de presa que llevaba la muerte de Rodán grabada en sus ojos. Aquellas fauces llenas de espuma lo habrían degollado si aquel animal no hubiera estado atado a una correa de buen cuero y ésta, agarrada a su vez en el otro extremo por  un hombre agotado. El joven del perro, alzó entonces un cuerno y sopló por él con todas sus fuerzas. «¡Está aquí!¡Ese malnacido de Rodán está aquí!» gritó usando toda la energía que le quedaba, mientras con su sonrisa y su mirada susurraba «Ya eres nuestro. Se acabó el correr detrás tuyo». Rodán no tenía nada que perder, así que intentó a la desesperada volver a usar el silbato. Lo hizo y lo último que vio fue la cara de aquel hombre, desfigurada primero por la sorpresa y por el sonido del silbato después. Éste volvió literalmente loco al perro, que se volvió como una jauría completa para atacar a su propio amo. Cuando todo acabó, Rodán se había apartado lo suficiente de sus captores, pero no demasiado, pues aún era capaz de escuchar las pisadas y los ladridos a cierta distancia. Volvió a soplar a través del instrumento, confiado en ir avanzando de aquella manera tan peculiar. Pero para su sorpresa, el silbato dorado había perdido su brillo y no funcionó, ni siquiera emitió sonido alguno. Tras unos segundos de desconcierto, optó por el método tradicional y se puso a correr como un centauro en los festejos de Raméh.

Una vez cruzado el río, logró perderles la pista y buscar un sitio donde ocultarse. Consiguió hacer noche oculto en una antigua caseta de herramientas de algún leñador y a la mañana siguiente cuando despertó, comprobó sorprendido como el silbato había recuperado su brillo. Siguió corriendo en busca de alguna aldea o poblado donde le dieran algo de comer, y cobijo si era posible. Un par de horas después, el hambre y la sed lo hicieron desfallecer por un segundo, lo suficiente para caer y rodar por una pendiente del bosque. Al recobrarse a causa de los golpes, vio a su destino esperándolo a escasos metros: una caída al vacío que sin remedio lo condenaría a una muerte segura. Sin nada a lo que agarrarse y con menos tiempo que un parpadeo para reaccionar, un estallido de brillantez le hizo soplar por el silbato mientras esperaba en lo más profundo de su corazón, que al igual que había recobrado su brillo, hubiera recuperado también su magia. Como entenderéis, esta historia no acaba aquí, así que la respuesta es que funcionó. Ese fue el momento en el que apareció ante nosotros.

Tras aquella historia, hubo un silencio completo en nuestra guarida y ninguno se atrevió a levantar la vista del suelo, no sabíamos cuál debía ser el siguiente paso y yo solo era capaz de pensar en que teníamos allí escondido a alguien al que estaban buscando con no muy buenas intenciones, según parecía. Pero de manera sorprendente, la voz más inesperada dio con la solución. Como todos los demás, Brú desconocía qué era la Cueva de los Recuerdos y dónde se encontraba, pero sí sabía de alguien que conocía casi todos los secretos de los bosques de Kildeon. Si los hermanos Orín tenían su cueva en algún lugar entre los árboles y las montañas de nuestra comarca, el viejo Zon-hurg sabría indicarnos su paradero exacto. Las pocas veces que Brú hablaba de él, era para decir «Mi maestro es un incomprendido. Sabe cosas que nos podrían ayudar a todos. No sé porqué le teméis tanto, solo es un medio-cuervo». Cuando Brú lo decía con aquella voz tan apática y curiosamente de manera especial durante las noches que pasábamos al raso bajo las estrellas, me hacía imaginar al viejo saliendo de entre las sombras y acercarse a mí desde las tinieblas. Eso me helaba la sangre.

Aquella propuesta de Brú, que automáticamente se calló sin esperar nuestra aprobación, hizo que nos sintiéramos nerviosamente animados. Ir a visitar a Zon-hurg no era algo que normalmente nos hiciera felices, pero en aquella situación era equivalente a tener una puerta que abrir para poder seguir avanzando, así que me puse en pié y animé a los demás a ir a visitarlo cuanto antes. Como siempre, Urli dijo: «Deberíamos comer antes de irnos. No sabemos cuándo podremos hacerlo otra vez». Esta era su frase, la decía siempre que íbamos a salir juntos para hacer una excursión por los bosques. La decía también cuando iba a salir solo para hacer una excursión. Y la decía siempre que no salía, estuviera solo o con alguien más. En una situación habitual, lo habríamos increpado y entre morros e improperios habría agarrado algo de sus reservas de comida ocultas en la cueva —eso creía él— y habríamos partido igual. Pero aquel día fue diferente. Rodán, nuestro invitado de honor, casi tuvo que taparse los ojos con las manos para no perderlos al oír que teníamos comida. Así que antes de ir a ver al medio-cuervo, Urli compartió una improvisada mesa con él.

El camino era el de siempre, el ambiente y los sonidos del bosque también, pero nosotros lo convertimos todo en algo fuera de lo normal. Estábamos nerviosos como gremlins. Urli caminaba primero en una postura forzada y compleja, sacando pecho y alzando la cabeza hasta separarse las vértebras. Sin duda en esta expedición era el caballero que siempre pretendió ser desde que se sostuvo en pié. Unos pasos por detrás iba yo, riéndome de él cuando tropezaba por no mirar al suelo. Solo le perdonaba su mala actuación cuando intentaba sonsacar a Rodán algo más de información, cosa que no conseguí porque realmente él no recordaba nada más de lo que ya nos había contado. Brú iba la última, como siempre hacía. Dando patadas a las piedras y parando cada cierto tiempo para mirar alguna raíz que pretendía única y extraña. Y Sanya, que andaba por todos lados y ninguno al mismo tiempo. Quería reír mis bromas sobre Urli, el “caballero panza-montaña”, dar su aprobación a los apuntes botánicos de Brú y como no, no perderse ni un matiz de aquel extranjero que quizás le hablase de lugares exóticos donde nadie tiene la obligación de encajar. Pese a que el tiempo que necesitamos para recorrer el camino fue el mismo de siempre, fue cruel alargándose más de lo habitual. Pero finalmente llegamos a la puerta de la choza de Zon-hurg y nos paramos todos a la espera de que alguien tomara la iniciativa. Brú lo hizo y nos miró con aquellos ojos de incomprensión que solía poner como ofendida. La realidad es que ni Rodán parecía con ganas de entrar en aquel lugar, pero como si de una música orquestada se tratase, un ritmo oculto entre los árboles nos hizo avanzar a todos con escasos segundos de diferencia, y antes de llegar ni tan siquiera a la entrada, la puerta se abrió sin que nadie esperara al otro lado más que oscuridad y aquella cortina hecha de huesos y cráneos de pequeños roedores.

Continuará en el capítulo 3 …

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