La cueva de los recuerdos

Capítulo 3

Todos entramos en segundo lugar. Quiero decir que Brú entró primera y el resto lo hicimos después tan apretados y juntos como un pelotón de goblins. En el interior de la choza, aparentemente de una sola estancia, había objetos extraños por todas partes y tantas estanterías, mesas y repisas como murciélagos en la montaña invertida. No era grande, pero su interior parecía no tener límites, porque entre los recipientes de cristal, a través de sus coloridos líquidos, se agazapaban pequeñas y esquivas cavidades; entre varios libros apoyados en tortuosos anaqueles se ocultaba un doble fondo entre tinieblas; bajo algunas grandes botas tapadas con corchos morados descansaba una catifa roída que pretendía disimular una trampilla. Cada rincón de la cabaña era como una cortina ineficiente que intentaba esconder secretos y lugares nunca vistos. Y plantado frente a lo que parecía una cocina de leña, Zon-hurg nos daba la espalda medio encorvado, en los dos sentidos. El medio-cuervo agachaba su cabeza sobre el pecho, mostrándonos únicamente una coronilla oscura y pelada, mientras realizaba unos movimientos rápidos y certeros de lado a lado. Sus hombros marcaban el compás del resto de su cuerpo que, como una coreografía, bailaba al son de una música que solo él parecía escuchar.

 

—Buenas tardes —su voz era áspera y arrastrada, como un graznido—, que extraña sorpresa me traes hoy querida Brú.

—¿Está bien maestro? Le noto… —contestó preocupada ella.

Zon-hurg carraspeó primero de manera contenida y sin miramientos después, hasta que un sonido aflautado salió desde lo más profundo de sus pulmones. Entonces se giró encarándonos.

Recuerdo perfectamente aquella conversación y la frase que siguió porque el cambio de voz fue espectacular. De hecho, después de aclarar su garganta, su tono y timbre eran parecidos a los de mi propia abuela.

—¿Queréis unas huevas picantes de camaleón marino?

Nos presentó aquellas bolitas multicolor con la misma dulzura que mi madre me ofrecía unas galletas recién horneadas. Su rostro era afilado, enjuto y mohíno. Pero mohíno como el pájaro de ese mismo nombre, no porque el viejo pareciera triste o abatido. La verdad es que su expresión, su voz y concretamente su delantal hecho de hojas, no encajaban para nada con la versión que nos explicaban a todos desde bien pequeños. Miramos a Brú en busca de explicaciones y su expresión, ahora ya sin preocupación sobre su maestro, nos indicó que ese era el estado habitual del temible Zon-hurg.

Buscó entre las mesas llenas de cuencos, utensilios y pergaminos un hueco libre donde dejar las golosinas. Aún encorvado, se frotó ambas manos, en las que solo tenía cuatro dedos largos en cada una, y se desató el delantal, que dejó colgado en la primera rama que sobresalía de uno de los troncos que hacían de columna de aquella especie de hogar.

Nos fuimos relajando, aunque no sin esfuerzo, ver sus pies de cuervo no era algo a lo que ninguno de nosotros, excepto Brú, estuviera acostumbrado. Rodán volvió a repetir su historia mientras Urli engullía las huevas picantes y Sanya observaba algunos frascos y raíces, que se secaban colgadas boca abajo. Mientras Rodán hablaba, fue difícil para mí mantener la atención. Primero porque ya conocía aquella historia, y escuchar dos veces lo mismo me aburría entonces y me aburre todavía, y segundo porque de vez en cuando un movimiento sutil me hacía desviar la mirada a los rincones de la cabaña del medio-cuervo. Nunca sabré si realmente se movía alguna cosa, porque nunca llegué a ver nada, pero la sensación era tan vívida como esta conversación que estoy manteniendo con vosotros. Al acabar, la cara de Zon-hurg había dejado de expresar el interés de una esperada tarde de visitas. Alargó su delgado brazo y se acercó un taburete sin preocuparse por reubicar unas piedras negras que descansaban en el asiento, que resultaron ser una familia de escarabajos echando la siesta y que salieron corriendo asustados. Se sentó, nos miró y mantuvimos una conversación que más o menos fue de la siguiente manera:

—La cueva de los recuerdos lleva generaciones regentada por los hermanos Orín, unos gemelos mohínos y usureros de los que es mejor mantenerse alejado. Aunque, llegados a este punto, no te queda más remedio que volver y ver si hay alguna posibilidad de que te reembolsen tu pasado. Pero aquí se presentan dos problemas…

—¿Cuáles son esos problemas? —interrumpí yo, que llevaba demasiado rato callado y vi en ese momento una oportunidad perfecta para hacer lo que más me gusta: preguntar.

—Vamos Ílian, no empieces. Deja que hable.

—Mantén tu boca ocupada, que estamos ideando un plan —le contesté a Urli de no muy buenas maneras. Lo que daría ahora por poder volver a decirle algo así a la cara, pero en fin, él escogió otro camino.

—Querido Ílian, por favor, deja a mi maestro que nos lo cuente todo antes de interrumpirlo —dijo entonces Brú, aunque es posible que no lo dijera exactamente de esa manera.

—El primer contratiempo —continuó entonces el medio-cuervo— es que es extremadamente difícil negociar con ellos. Son expertos en el arte del trueque y conocen bien la mercancía que tienen entre manos. Como todo cambista que se preste, ese par de fúcares nunca hará una devolución si con ella pierden riqueza. Así que debes estar preparado para pagarles, al menos, según ellos crean merecer.

—¿Y la segunda? —volví a interrumpir yo.

—Y la segunda es que están bastante lejos de aquí y, si no han cambiado las cosas, cada día que pasa el precio de lo que has depositado en la cueva sube un poco más. Así que debes darte prisa si pretendes poder pagar por recuperarlo.

—Estoy perdido —afirmó Rodán desconsolado—, ¿cómo voy a enfrentarme a un viaje así si ni siquiera sé a dónde ir, quién soy o cómo defenderme?

—Puedes usar el silbato —se me adelantó Brú.

—Pero apenas sé usarlo y tampoco sé dónde está la cueva exactamente.

—No te preocupes Rodán, nosotros te acompañaremos. ¿Cuántos días estaríamos fuera señor cuervo?

Todos miramos asombrados a Sanya. No entendimos entonces porqué había dicho algo así. Que lo hubiera dicho yo, habría sido normal y, de hecho, también habría sido descartado inmediatamente por venir de mi temerario temperamento, pero lo había dicho Sanya. Sin palabras, solo volviendo de nuevo nuestra atención a Zon-hurg a la espera de respuesta, dimos nuestro consentimiento al plan. Siempre me ha gustado imaginar las razones de cada uno de nosotros, pero ya nunca las podré confirmar. Excepto la mía, claro. Bueno, y la de la propia Samya, que nos la explicó un par de días después.

La primera en hablar fue Brú:

—Con nosotros ayudándote y liderados por Ílian, no debes temer nada —es posible que esto no sucediera, pero debéis disculpar a un anciano como yo, mi memoria ya solo funciona con un buen vaso delante mío rebosante de vino y éste parece haberse derramado.

¿Por donde iba? Sí, el maestro de Brú siguió entonces hablando:

—Puedes llamarme Hurg, valiente curandera.

—La curandera es mi hermana, yo solo soy…

—Claro, claro, aún no lo sabes, pero tu serás quien debas ser, no te preocupes. El caso es que conozco una opción para ahorrar tiempo en el viaje. La entrada de la cueva está muy concurrida y, como en todos los sitios concurridos, siempre hay un duende usurero cerca para hacerse con el oro de algún despistado. Como sabréis, estos pequeños ladroncuelos viven en sus propias comunidades y con sus propias reglas, y a sus poblados solo se puede llegar bailando en un círculo de hongos, también conocidos como círculos de hadas.

—Pero nuestros padres siempre nos dicen que no debemos acercarnos a un círculo de hadas o quedaremos atrapados allí para siempre —Urli masticó cada una de sus palabras.

—Y es cierto, su danza os atraparía allí durante años, o hasta la muerte si las hadas están especialmente inspiradas. Pero yo podría ayudaros con eso y, justamente, hay uno de esos círculos detrás de esos sacos de ahí. Siempre ha estado en ese rincón, incluso antes de que yo me instalará ya estaban y, claro, no tenía derecho a echarlos. Lo único que debéis tener en cuenta para poder salir al otro lado, si es que decidís usarlo, es no ofender de ninguna manera al modesto Rey de las hadas. El rey Humilde os encarcelaría de inmediato de no ser así.

—¿Y cómo haremos para no ofenderlo? —se me adelantó Brú con su voz oscura y sin prisas.

—Eso ya no lo sé, pero siempre puede ser una buena idea llevarle un presente.

—Comida —dijo entonces Urli—. Mi madre siempre dice que con la comida se estrechan amigos y se ganan lazos.

—Es al revés cabeza-sapo—le dije casi dándole las gracias por darme la oportunidad de meter baza en la conversación.

—Lo único que yo puedo daros es esta pequeña bellota. Sé que no es mucho, pero la tengo desde hace años y le tengo mucho cariño. Para mí tiene mucho valor.

Nos tendió un pequeño frasco de cristal sellado con cera, en el interior del cual bailaba una bellota, tal y como él nos había dicho. La guardó Brú en la bolsa donde llevaba siempre sus pergaminos y saquitos secretos, y enseguida nos dispusimos para el viaje. Es curiosa la osadía de los críos. Si ahora tuviera que decidir algo así tardaría toda una jornada a pensar en las ventajas y desventajas de embarcarme en un riesgo tan innecesario. Pero la juventud nos dotaba entonces de la despreocupación frente al peligro. La juventud y también la inexperiencia claro, no habíamos salido nunca de Kildeon y casi todas las cosas realmente peligrosas formaban parte de leyendas y fábulas que, evidentemente, creíamos falsas o inexactas. De esas que los padres utilizaban para tenernos controlados y obedientes.

Apartamos los sacos y el círculo de hongos estaba allí, rodeado de polvo y restos mientras en su interior crecía la hierba, verde y fresca.

—¿Y qué hacemos ahora Zon-Hurg? —no recuerdo quién lo preguntó, debió ser Rodán. Estoy casi seguro que fue él porque un instante antes nos había estado dando las gracias por nuestra ayuda.

—Entrad. Entrad en el círculo y bailad. Bailad hasta que vengan a buscaros.

Y eso hicimos, entramos y siguiendo la música de mi flauta, nos pusimos todos a bailar.

Continuará en el capítulo 4 …

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