En mi sueño eras minúscula y débil. Cabías en la palma de mi mano y mis dedos eran los barrotes que impedían que cayeras, pero en mi interior había una sensación extraña. Con el reloj de mi muñeca, ese que hace años me quité, arañé tu espalda delicada y blanca. El pequeño rasguño crecía y crecía sin parar y yo no podía evitarlo. Tú te movías sin parar, no sé si consciente de lo que estaba ocurriendo o simplemente por el hecho de no sentirte ya arropada en mis manos. Caías hacia un suelo siempre a la misma distancia, alargando así mi eterna agonía por intentar impedirlo. Eres pequeña y mis manos te protegen, pero el tiempo juega en nuestra contra a partir de ahora. Tu querrás avanzar sin que yo pueda impedirlo tras unos barrotes de maternidad encarnada.

«Escrito basado en la pesadilla que una madre primeriza me contaba desde el otro lado de la cama, asustada por la falta de sueño y la gran aventura que entonces empezaba»