Segunda parte de “La mirilla”, relato de terror dividido en tres entregas. ¿Quién o qué observaba desde fuera?¿Qué significado tiene esa extraña marca en la puerta? Sigue la historia para dar respuesta a estas preguntas, si es que te atreves a vivir con ellas.

La ilustración, como en la primera parte, es de mi amigo Javi Remiseiro. Visitad su facebook, donde da buena cuenta de su destreza.

Recupera aquí la primera parte si te la perdiste:

…La primera pregunta que me asaltó fue el tiempo que llevaba esa marca allí. A continuación quise convencerme de que todo era fruto de una mala noche, pero no fui capaz. Mi mente no permitía ninguna ilusión de prestidigitador aficionado, sabía perfectamente que no podía ser una coincidencia.

La mirilla

Parte II

 

Dediqué toda la mañana a buscar información en foros, blogs y redes sociales. Usando la baza de mi malogrado aspecto, no me supuso un gran esfuerzo convencer a mi mujer de que no me encontraba bien. Me hizo prometer que iría a la consulta del médico si empeoraba, además de llamarla sin falta a la hora de comer. No encontré nada. Ninguna referencia a sueños extraños sobre hombres que se dedicaran a observar el interior de hogares ajenos a través de pequeñas oberturas a la intimidad. Nada sobre ojos a través de mirillas. Se me ocurrió que quizás existía alguna manera de buscar información a partir de una imagen. Por suerte, mi habilidad con la tecnología era escasa, y que se me hubiera ocurrido semejante idea, solo podía significar que dicha opción existía desde hacía tiempo, y así fue. Hice una fotografía a la puerta con mi teléfono móvil y seguí los pasos que me indicaba el sencillo tutorial. El mensaje de error que obtuve, me dejó desconcertado. La herramienta en cuestión, encontraba la imagen demasiado genérica. Observando la fotografía, heló mi sangre el hecho de que en la puerta que aparecía en la instantánea, no había ninguna marca. Corrí envuelto por las dudas del que se siente abandonado por la razón, únicamente para comprobar que la madera seguía rayada y marcada. Simplemente, la cámara no era capaz de registrarla. ¿Qué demonios significaba aquello? ¿Acaso solo yo veía aquellas líneas rayadas a consciencia sobre la puerta de mi hogar? No tenía aún el valor suficiente como para pedir una segunda opinión, pues las dudas y la inseguridad del sonámbulo son crueles y despiadadas. Tras comprobar que tenía las llaves en el bolsillo derecho de mi pantalón, guardé el teléfono en el otro. Cerré de un portazo desde fuera, y por las escaleras, abandoné primero aquel rellano y después el edificio. Pensé que un poco de aire me devolvería al mundo de los que no están dormidos. Caminé sin rumbo. No vi a nadie, no me fijé en nada. Solo anduve.

Hubo un momento en que me faltó el aire y paré. Alcé mi cabeza y enfoqué la mirada. Me encontraba a las afueras de la ciudad. Con toda seguridad había caminado varios quilómetros. Saqué el teléfono para consultar la hora, pero antes de ni siquiera ver la pantalla, volví a ver aquella marca. También ahora estaba en una puerta y era, de manera inequívoca, la misma señal. Estaba rodeada de otras pinturas urbanas y firmas de artistas callejeros. Aquella zona, era un descampado famoso en la ciudad por estar habitado por desplazados sociales y gente abandonada tanto por la sociedad como por ellos mismos. Drogadictos y putas, vivían ahora entre los restos de un antiguo campamento de caravanas, que al parecer habían quedado allí como los esqueletos de seres ya extintos. Una figura abandonó las sombras que la habían cobijado hasta mi llegada. Se acercaba tambaleante hacia mí y yo me quedé petrificado, sin saber cómo reaccionar. Mis ojos ya no veían a un vagabundo, ni mis oídos escuchaban a una persona respirar. El nivel de estrés que acumulaba desde la pasada noche me hacía ver a una criatura extraña y amenazadora, acercándose hacia mí, a contraluz. En ese momento un sonido estridente y vibrante me sacó de mi estupefacción, asustándolo a él por igual. Era mi teléfono, que sonaba por la llamada de mi mujer, preocupada sin duda por no haber recibido las noticias prometidas y con toda seguridad, para echarme en cara mi olvido. La realidad es que aproveché para correr como alma que lleva el diablo. Asustado, decidí que lo mejor que podía hacer, era volver a casa y seguir buscando información. Alguna noticia relacionada con el descampado.

Horas más tarde, llegó a casa mi mujer con mi hija. Cuando entraron, la primera tarea escrita en las facciones de mi pareja, era sin duda la discusión. Al verme, esas mismas facciones se ablandaron hasta una preocupación imposible de disimular. Casi con una orden directa, me envió a dormir y descansar. Sin fuerzas, la obedecí como un corderito.

Me desperté sobre la medianoche e incapaz de dormir, me levanté con cuidado y volví al cuarto donde tenemos el ordenador. Allí seguí investigando y esta vez sí encontré una noticia relacionada con aquella marca. Aproximadamente treinta años atrás, en el descampado se establecía un poblado de caravanas; habitadas por un pueblo históricamente nómada y también supersticioso. La noticia, hablaba de la desaparición de un niño: de un bebé. La investigación nunca dio con ninguna pista concluyente y el bebé jamás apareció. Los inspectores no tuvieron demasiada ayuda, pues los demás habitantes del poblado, se marcharon aquella misma noche. Argumentaban, entre gritos y llantos, que habían sido escogidos y marcados. La madre, a la que también abandonaron allí, entró en una espiral de locura por no poder superar algo tan espantoso. Al parecer, estuvo en tratamiento sicológico durante meses, sujetando día y noche una muñeca hecha de ramas y hojas secas, vestida con harapos de saco. Cuando los médicos consiguieron que su mente viera en la muñeca a un ser inanimado y no a su pequeño bebé, la mujer se quitó la vida aquella madrugada, colgada de la lámpara de su habitación. Aquella lectura, amenazaba con dejarme en estado de shock, pero unos ruidos en el exterior de mi piso lo impidieron. En el rellano, algo o alguien parecía querer llamar mi atención. Invocando a una reserva de valor que desconocía, fui hacia la puerta y de manera casi inconsciente, miré por la mirilla. No había nadie ni nada. El sonido se había detenido, pero la información se ordenó de manera automática en mi mente, dando con la solución al acertijo. Aquellos ruidos eran una mera distracción. No habían marcado mi hogar ni tampoco a mí, habían marcado a mi hija. Las lágrimas empezaron a caer sin remedio. La adrenalina me inyectó fuerza suficiente para correr como no había corrido jamás. Abrí la puerta de la habitación de Emma y caí de rodillas sin poder contener un sollozo y un grito ahogado que desgarró la noche. Un cuerpo encorvado, arrugado y repugnante, un viejo de manos huesudas y uñas afiladas, se estaba escabullendo por debajo de la cuna. Llevaba a mi pequeña en sus brazos. Ante mis ojos y en una fracción de segundo, desaparecieron. En la cuna, solo quedó tendida una muñeca hecha de ramas y hojas secas.

Fin de la segunda parte

Concluye la historia a partir del lunes 26 de Septiembre de 2016 en una nueva entrada.

 

Y no olvides dejar tu opinión o comentario sobre esta espeluznante y misteriosa historia, ¿qué ocurrirá con nuestro maltrecho protagonista? En breve la conclusión…

“La mirilla” es un relato original de Javier Fernández Mata para narranacion.com

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