Os presento la primera parte de “La mirilla”, relato de terror dividido en tres entregas. El misterio y el miedo a lo desconocido. Aquello que pertenece a mundos mucho más antiguos que nosotros y a los que solo somos capaces de acceder mediante las leyendas y los mitos.

Espero que os guste y os anime a leer la historia completa.

La ilustración es de mi amigo y compañero en el terror, la brujería y la espada: Javi Remiseiro, que también a ilustrado las siguientes entregas. ¡Muchas gracias! Visitad su facebook, donde da buena cuenta de su destreza.

La mirilla

Parte I

Yo solía ser como tú. Apenas unos meses atrás, mi vida era habitual, rutinaria. Creía estar viviendo una obra de teatro, impuesta y sin final feliz. Una manera de vivir alimentada por una sociedad enferma, controlada por grandes corporaciones y gobiernos corruptos. La sensación de estar caminando por el simple hecho de no tener el permiso para parar. Pero iluso y cándido, no podía estar más equivocado. No se trata de repetir tópicos de canciones y consignas siempre en boga.

Somos minúsculos. Podemos ser crueles y despiadados porque nuestros problemas son igualmente minúsculos. Somos débiles, muy débiles. Nuestros quehaceres y preocupaciones, nuestra propia existencia, resulta del todo desconocida a ojos de aquellos que abren las sendas de todas las realidades. Ellos son a su vez invisibles para la mayoría de nosotros. Seres para los que  no somos nada. Apenas unos meses atrás, yo era un feliz ser inconsciente e inculto, que desconocía la verdad de quienes son los maestros y de quién puedo llegar a ser yo. Podría asegurar que todo lo que he hecho, ha sido por amor. Y pese a ser en esencia cierto, sería también incompleto. En última instancia, no habría sido capaz de asestar el golpe de gracia, si a parte del amor, no hubiera crecido también en mí, un odio total; desde las entrañas.

Aquella noche, como tantas otras desde el nacimiento de mi hija, deambulaba por entre las habitaciones y diferentes estancias de mi pequeño pero acogedor piso. A oscuras, tarareaba una canción situada a medio camino entre una nana y la sintonía de un programa infantil. Tanto mi ruta como mi interpretación eran ejecutados de forma repetitiva e inconsciente; el sueño absoluto era mi dueño y mi subconsciente estaba ya programado como un autómata, procesando de manera secuencial instrucción tras instrucción. Cada esquina y cada pieza del mobiliario eran esquivadas sin esfuerzo. Cada estrofa y palabra eran cantadas como un mantra en bucle infinito con un único objetivo: que la bebé volviera a dormirse. En función del número de veces que se despertaba y, sobre todo, a la hora en que lo hacía, el tiempo necesario para volver a dormirla variaba entre la media hora y la derrota absoluta. Esta situación ya no era un problema, mi cuerpo estaba acostumbrado. A menudo me despertaba por la mañana, sin ser capaz de asegurar las veces que la niña me había arrebatado de los brazos de Morfeo. Sabía que era una temporada caduca y que a medida que la pequeña fuera creciendo y mi pelo volviéndose más blanco, volvería a dormir, sin recuperar jamás las horas de sueño perdidas, que quizás sí soñaría.

Había en cambio ciertas noches, en las que mi mente debía estar más afectada por la falta de sueño que de costumbre. Cualquier cosa podía dar pie a despabilarme y a condenarme a no pegar ojo hasta el amanecer. Uno de los motivos más recurrentes era el rayo de luz que entraba por la mirilla de la puerta de entrada a mi piso. Más de una vez me descubría a mí mismo, plantado frente a la puerta, observando aquel rayo de blanca luz que se colaba por el pequeño agujero. Recreaba siempre una misma escena: a altas horas de la noche, la luz que entraba desde la escalera cesaba, de golpe y sin previo aviso. La oscuridad provocada por algo o alguien que se plantaba por la parte de fuera, frente a la puerta de nuestra casa. Alguien que a aquellas horas intempestivas solo podía pertenecer al salvaje exterior, fuera de la cueva familiar y de la hoguera, que nos cobijaba y mantenía a salvo de las fieras. Aquello me perturbaba y en aquellas noches, ya no era capaz de retomar el tan ansiado sueño.

Y fue en una de esas noches, en la que aquella escena se hizo realidad ante mis ojos. Mi imaginación siempre ha sido poderosa y así la he cultivado, pero al ver mis ensoñaciones hechas realidad experimenté tal horror, que congeló cada uno de mis maltratados sentidos. Con mi hija en brazos, la ausencia de luz nos rodeaba. Cuando me recuperé de la primera impresión, volví a cerciorarme de que no había cometido un error, pero la oscuridad nos seguía envolviendo silenciosa. Intenté ser coherente y pensé en la opción más lógica: la bombilla que iluminaba el rellano debía haber pasado a mejor vida. Me acerqué a la puerta sin hacer ningún ruido, como experto en el arte de no despertar a nadie. Aparté a mi bebe a un lado, con delicadeza pues estaba dormida. Me incliné hacia delante, en una postura bastante incómoda, y acerqué mi ojo a al pequeño agujero para asomarme al exterior. Entonces la vi, una pupila inyectada en desesperación me observaba de fuera hacia dentro, y ahora me conocía.

La impresión fue tan poderosa que logró vencer mi cordura. Lo siguiente de lo que fui consciente,  fue el sonido del despertador, que como cada mañana, me informó de que estaba en mi cama y de que debía levantarme. Tardé unos segundos en reaccionar, pero cuando lo hice, una explosión de adrenalina reforzó mis entumecidos miembros. Salté de la cama y corrí preso del pánico hasta la habitación de mi hija. Estaba allí, dormida en su cuna, sana y salva. Yo no recordaba haberla dejado, ni tan solo recordaba haber dejado de mirar a través de la mirilla. Pero recordaba aquella mirada. Mi siguiente reacción fue la de ir hasta la puerta de entrada del piso, donde me tuve que enfrentar a la visión de aquel pequeño agujero que ahora me aterraba de manera infantil. La sensación era diferente, ya que por la mañana, la luz del día entraba a través de las ventanas de la sala de estar, que colindaba con el recibidor. En pijama, con ojeras y mirando fijamente la puerta, fui consciente de lo ridículo de mi situación y abrí la puerta. Salí, intentando afianzar de nuevo la realidad frente a mi pesadilla, aún tan presente. Me sentí de nuevo ridículo y me giré para salir de allí antes de que las leyes que dictan lo importuno, me hicieran coincidir con el vecino de enfrente y me obligara a dar explicaciones que no sería capaz de improvisar. De manera involuntaria caí en la cuenta de una marca que nunca antes había visto. Unas líneas rayadas con algún instrumento afilado sobre la madera de mi puerta, justo debajo de la dichosa mirilla. Mi vista había buscado de manera automática a la causante de mi paranoia, pues en caso contrario estoy seguro de que nunca me habría fijado en esa parte de la puerta. La marca en sí, no representaba nada que yo pudiera relacionar con una letra, grafía o dibujo. Se trataba de dos líneas formando un aspa, estilizada, algo más alta que ancha. En la parte superior, saliendo desde el vértice central, salía una nueva línea recta y totalmente vertical hacia arriba, que sobrepasaba sólo unos milímetros la altura total del resto de la figura. La primera pregunta que me asaltó fue el tiempo que llevaba esa marca allí. A continuación quise convencerme de que todo era fruto de una mala noche, pero no fui capaz. Mi mente no permitía ninguna ilusión de prestidigitador aficionado, sabía perfectamente que no podía ser una coincidencia.

Fin de la primera parte

Sigue la historia a partir del lunes 19 de Septiembre de 2016 en una nueva entrada.

 

Y no olvides dejar tu opinión o comentario sobre esta espeluznante y misteriosa historia, ¿qué o quién miraba desde la mirilla?¿Qué significado tiene esa extraña marca en la puerta de nuestro somnoliento protagonista? En breve lo sabremos…

“La mirilla” es un relato original de Javier Fernández Mata para narranacion.com

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