Raymond Chandler - El sueño eterno

lustración: El sueño eterno – Loren

“El juicio del ángel” es un relato de Gal Gomila, autor que colabora por primera vez con narranacion y al que agradezco infinitamente dicha participación. Su relato es crudo y realista, guiado por unos personajes complejos y trabajados.

Espero que os guste.

El juicio del ángel

El niño recordaba el modelo de aquel coche solo por las circunstancias que habían acontecido en él. Los momentos felices de que podía disponer cualquier chaval de su edad no siempre terminaban a modo de juego y risas, para Pablo era algo más complicado asociar el gozo mismo con la vida. Y así fue como, en otra de esas tardes escogidas al azar, aquel Renault 19 verde oscuro se interpuso entre él y sus ganas de vivir. Tenía tanto miedo como inseguridad, no obstante, procuraba convertir en natural algo que, a su edad, era completamente imposible cuando se trataba de la relación que podía existir entre un niño y un adulto. En verdad mucho más que eso, entre un alumno y su profesor de música.

—No hace falta que hagas nada. Me gusta solo que mires.

Pablo siempre se quedaba callado en ese punto concreto del discurso, sabía que en ello no había nada de cierto.

—Anda, pon la mano aquí —le dijo el profesor, conduciéndola encima de su pantalón.

—No, ya está, vamos… —la voz apagada del niño lo dejo todo claro, aunque aquel hombre no interpretó más allá de su deseo. Un olor nauseabundo, desconocido por su iniciación forzada e inexperiencia, marcó el final de la tarde. El sol declinaba y las sombras se empezaban a comer el bosque.

—Ya sabes que esto queda entre nosotros —le susurró Antón a un oído lleno de saliva mientras se limpiaba la barriga con un pañuelo de algodón.

—Sí, claro, no pasa nada.

—Te quiero, Pablo. Tu padre suele decirme que serás un gran pianista, ¡y lo serás! A él se le llena la boca cuando habla de ti.

Como era costumbre, el coche salió marcha atrás y giró cuando el camino se ensanchaba, junto al pie de la carretera. También, como era habitual, pasar del campo al asfalto era para Pablo como ir de la oscuridad a la luz. La seguridad de la ciudad lo arropó al instante y un milagro le devolvió la voz, la palabra, la voluntad. El coche modelo Renault 19 verde oscuro hizo parada en ese bar de la esquina, el primero que se vislumbraba al entrar en la localidad. Era el lugar de encuentro entre las clases de música e Isabel, la madre del niño. La conciencia de Pablo daba un vuelco en ese punto, cada semana le costaba más entablar un diálogo entre esos dos niños que no querían encontrarse. Obviamente algo iba mal, una amenaza cuya solución solo podía terminar si se decidía a hablar, cosa imposible viendo la naturalidad con la que su madre y el profesor se trataban. Quién era Pablo para dinamitar esa zona tan aparentemente confortable en la que su familia había puesto todas sus expectativas. Y entonces negó la realidad y se refugió en su mundo mágico, cuyo albergue le alivió durante largo tiempo.

 

—¿Se sabe por qué lo hizo? ¿Ha hablado?

—Sí, Carlos. Atiende, el tema de su niñez les puede tocar la fibra. Está claro que ese es el móvil, aunque de eso no ha querido hablar demasiado.

—Mejor así, como noticia es espectacular, pero no vamos a remover ese asunto o los sensacionalistas se nos echarán encima. ¡Que le hagan un libro cuando esté entre rejas! Amigo, vamos a tener que trabajar sobre un informe serio y riguroso.

—Querrás decir lo que les pueda dar más carnada a los del departamento de homicidios.

—Exacto, Diego, no hace falta que te explique cómo se sube, ya no eres un novato. Vamos a poner el acento ahí y sobre todo no se lo pases a Rico o acabaremos siendo pasto de esos cuervos en la crónica negra de ese maldito programa de tarde, como la última vez.

—No me lo recuerdes. Mañana hablaré con la psiquiatra, aparte de estar al corriente de su historial clínico, ese trozo de mujer sería una buena excusa para romper mi matrimonio.

Se produjo una breve pausa entre los dos funcionarios.

—Otro día me hablas de ello.

—No hay nada de qué hablar —concretó Diego—. Estamos mal. Y punto. ¿Y la madre del chico?

—No cuentes con ello, no irá a testificar, también ha sabido hace poco lo de los abusos de su hijo y se encuentra muy afectada.

—Acábate el trago y lárgate. Estas reuniones fuera de la oficina algún día nos van a costar un buen susto.

El coche del abogado se fundió con la humareda del alcantarillado y retozó con su motor acatarrado y los parabrisas a todo trapo. Diego, en cambio, se marchó sin tan siquiera abrir el paraguas.

 

Isabel se había familiarizado con el tema de las nuevas tecnologías de la información algo después de la graduación de su hijo. Era una forma más de tenerlo maniatado, además del suculento guiso con que lo obsequiaba los domingos. Su ordenador gozaba de las prestaciones justas, suficientes como para sentirse arraigada al mundo. Se escribía con parientes lejanos, hasta con amigos del trabajo que estaban jubilados. Llevaba desde novios con su marido, Jaime, al que no ahorraba en correos electrónicos aun estando en la misma cama cada noche. Después de tantos años él aun llegaba al trabajo con ansias de encender el equipo y escribir a su amada. El hombre regresaba tarde a casa y ese habitual diálogo, parte fantasía y parte necesidad, era una buena forma de concretar obligaciones a la vez que añadía sutiles detalles que les arrancaban sonrisas. Entre los compañeros de trabajo había tres, contando el jefe, que sabían de la devoción de Jaime por su mujer. Isabel, mantenía a sus hermanos al corriente de aquella curiosa relación, ya más que consumada. A menudo se reunían amigos y familiares y aquel era un tema que no podía faltar, incluso antes de llegar al buen refugio de las copas con poco hielo.

Una tarde llamaron a Isabel desde el trabajo de Jaime. Ella estaba como de costumbre atendiendo los blogs a los que era asidua. No tenía intención de contestar, pero el tono de llamada duraba más de lo normal y empezaba a distraerla de la tarea. Se decidió. Enseguida reconoció la voz de Carlos, el fin de semana anterior fue este quien se había empeñado en traer los aperitivos.

—No sé cómo decirte esto, no me salen las palabras. Ha habido un accidente en la cooperativa, en la planta de reciclaje. Lo siento, Jaime ha muerto.

Se hizo un silencio muy incómodo.

—¿Isabel? Roberto y Carmen ya se dirigen hacia tu casa.

El teléfono golpeó el suelo al mismo tiempo que su dueña, cuyo cuerpo quedó tendido hasta que uno de sus hermanos la incorporó. Eso fue media hora más tarde. Poco después entraron por una puerta bien abierta los dos compañeros de trabajo de Jaime. Isabel se hallaba en la terraza, sobresaltada y fuera de sí. El piso se llenó enseguida de gente a la que la mujer se aferraba.

Se ofició una ceremonia breve, sin demasiados parlamentos. Habló Roberto en representación de la cooperativa agrícola, sin ahorrar en elogios, dos primos lejanos del difunto y un sacerdote aburrido. Los hermanos de Isabel la arroparon en todo momento. Su hijo también tenía mucho que decir, le había escrito una carta a su padre que se redujo a un papel arrugado en su bolsillo, ya que nadie se percató de él. La incineración del cuerpo se hizo aquel mismo día, a petición de los padres del difunto. Nadie le preguntó a Pablo si quería acompañar a su madre, era obvio que él no tenía ni voz ni voto en cuestiones de logística afectiva, así lo pensaban todos sus tíos, con los que se quedó unos días hasta que las aguas se apaciguaron.

Durante casi un año los únicos aliados de Isabel fueron unas cápsulas azules y blancas que se tomaba por la mañana, a las que su doctor las llamaba afablemente: una pequeña ayuda; la vecina del segundo B que bajaba a hacerle compañía sin sacarse las zapatillas cuando la oía sollozar y un garrafón que llenaba de vermut en una angosta bodega de la esquina. La mujer sabía muy bien que todos ellos eran ampliadores del olvido. Su cuerpo se lo agradecía en ciertos momentos, asimismo debía compensar aquellas píldoras con sus momentos íntimos delante del ordenador, recordando a su marido, encontrándolo entre líneas. Sus amigos quedaban con ella muy a menudo, pues sabían que no era una mujer demasiado fuerte. No había un solo día que tuviese un familiar en su casa haciéndole compañía. A Isabel no le importaba aceptar de buen grado aquellas galletas que nunca le habían gustado por tener un momento de risas.

 

Diego se había puesto más perfume de lo normal esa mañana. La cita era más importante de lo que prometía el caso, ya de por sí suculento. La doctora Montálvez le recibió puntual en su consulta, sin necesidad de listas de espera ni más clientes que él. El oficial encendió la música de su cabeza y dejó volar la imaginación. Era un experto en ello.

—No, gracias, para estas horas, tres ya son suficientes —manifestó Diego cuando vio una taza de café invadiéndole más espacio de lo deseado.

La psiquiatra se sintió ofendida, no parecía ser de aquellas mujeres que daban segundas oportunidades a los hombres.

—Entonces sólo tendrá el tiempo del mío —sorbió lentamente—, disculpe, tengo otros asuntos que atender. Lo siento, Pablo —pensó mirando de reojo el expediente de su paciente más longevo.

—Solo nos ha contado una cosa. Aquello le ocurrió de niño, asegura que fue sobre los ocho años.

—Cierto, así es. Escuche, Pablo se acuerda muy bien de cómo era el interior de ese coche. Y eso que han pasado ya veinte años. Afortunadamente para él ya no corren demasiados modelos de esa marca francesa. ¿Usted se acuerda de cómo era el interior de su primer coche?

El silencio le respondió.

—Cuénteme, qué le ocurrió.

La doctora Montálvez tenía un abultado expediente encima de la mesa de caoba, pero no le hizo falta abrir ninguno de sus archivadores.

—Usted no parece ser un hombre de esos que sientan debilidad por el dolor ajeno. Los niños, los animales, los ancianos… No lo digo por esa arma que asoma.

El oficial la interrumpió poniendo la mano en el bolsillo interior de su chaqueta brillante. Un acto reflejo propio de su adicción.

—Por favor, no se prive. Apagué la alarma de humo. Suelo hacerlo cuando tengo la visita de algún policía.

—Le mentiría si dijera que no. Mire, mi trabajo es el que es y está claro que los dos tenemos visiones distintas sobre la forma de ver la vida, pero eso no nos exime de nuestras obligaciones. Me da igual en qué partido ecologista está militando, ni discutiremos ahora sobre el calentamiento global, pero compartimos el mismo objetivo, saber si Pablo es culpable de homicidio. Entonces resulta que es un loco.

—Está enfermo, no es lo mismo —señaló la doctora—. Si le sirve de algo, está claro que lo hicieron así. Los niños tienen mucha más capacidad de aguante de la que tienen los adultos. Ese fue el problema.

—Vale, lo que usted diga, pero intuyo que le intenta justificar por lo que hizo.

—Por supuesto. Por supuesto que le protejo.

—Con una simple caricia de un hombre, probablemente de un profesor que le quería, no habrá suficiente para escapar de la condena. Pablo es un asesino.

Leyeron detenidamente el informe del forense y algunas de las pruebas periciales que se habían puesto encima de la mesa en la vista preliminar del caso. El cuerpo de aquel hombre se había encontrado en un descampado, el mismo que todavía recordaba las roderas de ese modelo Renault 19 verde oscuro veinte años atrás. Sentado en el coche con un buen cóctel de barbitúricos en el cuerpo, entre ellos muchos de los que se tomaba Pablo y probablemente también su madre. Dentro de la guantera el pene del músico se encontraba al lado de los papeles del coche, de forma tan natural como aquel que deja la funda de las gafas de sol.

—En el mejor de los casos la vida es un largo camino, en el que el viaje se convierte en un tormento si posees demasiada sensibilidad. De hecho, no corren tiempos fáciles para la gente con este tipo de vanas ilusiones del espíritu, como Pablo.

—Sabe, la poesía no es mi fuerte. Solo dígame que no tengo capacidad para culpar a su paciente o que éste tiene las espaldas cubiertas por las miles de recetas que lleva pagando el estado y me iré por la misma puerta por la que he entrado. Sepa que el abogado le tiene el pie en el cuello. Deme una buena razón.

—¡No estoy aquí por trabajo, es por Pablo que le atiendo! Piense que estoy sobrepasando mi alcance y límite de la confidencialidad si me acojo al secreto profesional de la psicología clínica.

—Disculpe, soy consciente de ello. Siga.

—Hay más —comentó ella—. Él ya pagó su deuda, si había alguna, tiene derecho a empezar de nuevo.

—¿A qué se refiere?

La psiquiatra se dirigió hacia la muchacha que llevaba la centralita de la consulta y le dio las indicaciones pertinentes. Se apagaron todas las luces y quedaron en la penumbra de la lámpara de escritorio. Mientras el oficial quemaba otro cigarro, la doctora Montálvez hizo dos llamadas para anular los compromisos. Luego abrió la primera carpeta de su expediente, de título 1986.

—Póngase cómodo —sugirió ella. Esta vez Diego no renunció al café.

 

Cuando su hijo se fue a la cama Isabel abrió el equipo, no sin antes coger dos copas y una botella de vino de buena añada del almacén. Puso las contraseñas pertinentes y entró en su correo electrónico después de varios anuncios de publicidad donde se ensalzaba el espíritu dionisíaco a través de las marcas más consumistas del mercado y dos o tres villancicos. Sirvió el vino, primero al invitado ausente.

—Solo dos dedos, si no ya sabes que empiezas a decir tonterías —le habló—. ¡Hoy te pondrás esa corbata que te regalé, aunque no te guste!

Isabel miró detenidamente la pantalla del portátil y se atragantó. Después de toser varias veces la cerró de un golpe seco y desvió la mirada a la caja de ansiolíticos para comprobar que eran los de siempre. Cualquier enfado de antaño quedó en nada después de aquella broma de mal gusto. Tragó de un sorbo media botella de vino, detrás un puñado de cápsulas y quedó tendida encima de la cama. El efecto de las drogas se alargó hasta pasadas las doce del día siguiente. Isabel se levantó con la vejiga a reventar. No obstante, no hizo parada en el váter y fue directamente a su estudio después de comprobar que Pablo no estaba en casa. Levantó la pantalla del portátil con suavidad y regresó a la bandeja de entrada, donde había un mensaje de Jaime, de asunto; “sigo estando aquí”. Lo leyó detenidamente tantas veces que perdió la cuenta, la ansiedad de Isabel había llegado hasta tal punto que ésta no discernía entre realidad y ficción y su cordura había mermado. Al cabo de dos horas ante el mismo párrafo apagó el equipo y abrió otra botella de vino.

Todo empezó como un juego, en la más completa intimidad y no dijo nada a nadie, ni tan solo a su hijo adolescente. Se había originado de una broma de mal gusto que ya llevaba tiempo olvidada, pues era mayor la satisfacción del engaño que la aceptación de la realidad. Si existía una mala persona en otro punto de la red, Isabel la estaba haciendo sagrada. Aprovechaba cuando su hijo no estaba para reír o llorar según le convenía y cada día a la misma hora en la que Jaime hubiera llegado al trabajo tenía un boceto de futuro aún por vivir. En un principio eso la angustió, pero en medio año la relación entre ella y su marido se fue naturalizando. No le costó dejar la medicación, con lo que su médico de cabecera, de paso, se colgó algunas medallas, y todas sus amistades empezaron a llegar a su casa de nuevo con faldas y camisetas de tonos menos distantes. Por supuesto Isabel también los recibía a todos con olor a jazmín y algún complemento de color. Su baja laboral terminó no solo con el mismo puesto de trabajo sino con un buen ascenso. Siempre que llegaban sus compañeros de trabajo a casa les miraba uno por uno, por si alguno de ellos era el responsable de su nueva campaña, de su explosión de alegría y, por ello, intentaba a su manera agradecérselo de alguna forma, en secreto. Del mismo modo lo hacía cuando se encontraba con familiares, primos lejanos o algunos de los compañeros de la cooperativa agrícola. Para Isabel, cada abrazo de despedida significaba algo más.

 

El nuevo punto de encuentro fue el salón de un hotel de aquellos en los que había que darle una propina al botones solo para hacer un rato de vida en la barra.

—El forense nos ha dado el resultado de las pruebas. Le tenemos.

—Carlos, no vayas tan rápido. Sabes lo que le hizo, ¿no? Hablé con su terapeuta y me contó bien lo de los abusos. Me concretó detalles. Pablo nunca quiso hacer clases de piano, lo hizo por sus padres. Y nunca dejó la música a pesar de ello.

—Comprendo. Y te has reblandecido… —el abogado alzó el brazo para avisar al camarero—. ¡Póngale un vaso de leche a este hombre! —Gritó. El empleado lo miró atónito—. Esa tal doctora Marta Montálvez te dejó iluminado —volvió a bajar el tono de voz—, dijimos abordar el tema desde las pruebas que lo inculpan, ¡pensaba que eso lo teníamos claro los dos! —Carlos se enojó vaciando medio trago en el suelo—. Deja la moral para los de las revistas del corazón y céntrate en tu trabajo, Diego.

—Me puso al corriente de su historial médico, ya de por sí delicado, pero eso no es lo más sorprendente. Hay algo más.

—Soy todo oídos.

Aquel trío sonaba demasiado bien. Misty no era un estándar a la altura para ese saxo, un piano inusualmente humano y aquel percusionista que llevaba el ritmo del diablo. Era insultante que aquellos buenos músicos hubiesen vendido sus carreras por estar amenizando las copas de esos cuatro ricos, cuya cultura musical se bastaba con un ridículo y banal politono de móvil. No le sobraba nada a aquella buena adaptación y, en el mejor de los casos, bastaba con pedir una habitación después de la sesión si alguna de aquellas mujeres maduras que había delante del escenario se animaba a echarles una mirada.

—Me pido un taxi, adiós. No se te ocurra pasar la cuenta al departamento, no entenderán que esto va más allá del trabajo. Diego, lo tuyo es vocación. Recuerdos a tu mujer —fue la única vez que sonrió.

Unas semanas más tarde los dos oficiales estaban dentro del coche. Llovía a cántaros. Pablo había entrado a una biblioteca y Diego no solo tenía dolor de muelas, sino que su nuevo compañero de guardia era catalán. Carlos, el abogado, había podido atar algunos cabos para conseguir una orden de seguimiento y los dos policías llevaban varios días tras él.

—¡Arranca, vamos! —exclamó Diego.

Cuando Pablo les vio se asustó y echó a correr como un león que sabe que le dan caza. El coche le cerró el paso en un callejón y Diego empezó una carrera que terminó cuando su compañero, sacando el arma por la ventana, apretó sin querer el gatillo queriendo disparar en el aire. Entonces Pablo cayó al suelo con un buen agujero en el cráneo. Para ser novato había hecho el mejor disparo de su vida.

—Joder, ¿qué has hecho? ¡Mierda! ¿Estás loco? —gritó Diego dando un puntapié a un contenedor que arrojó toda la basura.

El oficial corrió hacia el muchacho y después de comprobar que ya no hacía falta ayuda médica recogió una libreta amarilla de anillas que había quedado abierta justo en medio de un charco carmesí que se mezclaba con el barro. Dentro estaba el carné de la biblioteca, unas contraseñas de las redes de la misma y un centenar de folios escritos en clave, en los que solo le hizo falta leer el nombre de su madre en tan solo dos frases llenas de alquitrán para darse cuenta del milagroso trabajo que había desempeñado ese muchacho los tres años posteriores a la muerte de su padre. Un hombre mal juzgado, un juguete roto. Diego sacó el paquete de tabaco de su chaqueta brillante y cubrió a Pablo con ella, cuyo cuerpo le hizo dos espasmos de despedida. Cuando su compañero llegó cabizbajo para arroparle con el paraguas quiso que toda la lluvia descargara sobre él. Entonces la música de ese hotel penetró de nuevo en sus oídos. Estaba claro que el alma de Diego había ascendido. El trío de jazz, con su quehacer dodecafónico, le sonaba ahora mucho más elaborado.

***

Ahora llevo la libreta amarilla siempre encima. Aunque hago el envío a primera hora de la mañana cuando llego al departamento, para que Isabel mantenga su nueva vida, nunca se sabe dónde habrá un ordenador para seguir con este maldito juego. A menudo pienso si la doctora Montálvez debería saber el arduo trabajo que Pablo me ha encomendado. Sería una buena razón para volver a ponerme ese perfume que tengo olvidado.

 

Fin

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