Ilustración de Teresa Suau. Sigue sus creaciones en Facebook o Instagram

“El efecto Wakamaru” es un relato de ciencia ficción en el cual se presenta un futuro que no tiene cabida para la paternidad. Cuando no prestamos atención a los instintos, éstos pueden quedar aletargados hasta que un estímulo vuelve a activarlos. Esperamos que os guste.

El efecto Wakamaru

Abr 8, 2018 | Imprescindibles, Relatos | 0 comentarios

Nació con apenas nueve años y el mundo no estaba preparado para recibirlo. Un hijo tan joven no estaba aún socialmente formado y el porqué se forzó su salida de la incubadora es un misterio. Quizás aquella criatura no llegó nunca a saberlo y si lo hizo, a mí nunca me lo explicó. Tampoco lo necesité.

El día en que llamó a la puerta de mi habitáculo, hacía tiempo que yo había dejado de esperar visitas. Me sobresalté, como no podía ser de otra manera. Si el susto no disparó de forma inmediata un aviso a los servicios médicos, debió ser por uno o dos latidos que mi corazón ahorró por compasión. De no ser así, yo habría sido retirado aquella misma mañana y esta historia no sería contada tal y como yo la viví a través de mis cansados ojos. Hacía solo unos meses que me habían asignado mi nueva residencia, en una de las mejores zonas de retiro. Aquella sería mi casa durante, al menos, un par de décadas. Lo que más me sorprendió fue que el muchacho llegara hasta mi hogar sin que nadie hubiera disparado alguna alarma. Me gusta pensar que en último siglo fui la primera persona en ver a alguien menor de diecinueve años. Hacía tiempo que no nacía nadie con menos de veinte o veintiuna primaveras, no era práctico ni sostenible. Con esa edad, los recién nacidos no tenían aún recursos como para ser autónomos y autosuficientes. El sistema requería de un tiempo mínimo para administrar los datos y los conocimientos a cada individuo. Aquel niño —aún me emociono al usar esa palabra— me agradeció con su mirada el ser su primera opción. De alguna manera entendió que en la mía se ocultaba un deseo primitivo de ayudarle.

Los primeros meses fueron complicados, especialmente para mí. Necesité tiempo, ayuno y noches en vela para adaptarme y recordar lo que era ver crecer a un infante. Los instintos se desperezan con soltura pero con calma. Todos los ancianos habíamos olvidado paulatinamente a empatizar con ellos y los padres más jóvenes ni siquiera lo habían experimentado nunca. Le llamaban «el efecto Wakamaru» y acabó afectando a la cotidianidad. Los humanos nos habíamos ido imponiendo horas, días, meses y años de esfuerzo y superación. Conseguirlo requería cada vez más tiempo de preparación y logros, y todo fue desembocando en un retraso paulatino de la paternidad. Pasadas varias generaciones, y pese al aumento de la esperanza de vida, la alarma de nuestro reloj biológico sonaba cada vez con más retraso, hasta que llegó un momento en que los progenitores no podíamos hacernos cargo de nuestros propios descendientes. Así nacieron los primeros modelos de Educadores Autónomos de Menores, o Wakamaru, nombre con el que fueron comercializados. Después de varios prototipos, aparecieron modelos que funcionaron extremadamente bien. Fueron tan precisos en su trabajo que los pequeños sentían más desasosiego con el agotamiento de las baterías o las averías de sus cuidadores mecánicos, que con las enfermedades de sus ausentes padres. Y de la misma manera, nosotros acabamos delegando cada vez más en aquellos ayudantes y en sus estudiados algoritmos y protocolos, hecho que nos dejaba más libertad para seguir luchando por nuestros objetivos sociales, o laborales, aunque ya no había demasiada diferencia. Finalmente, la frontera entre niños y adultos fue tan marcada, que los segundos desestimaron su necesidad ancestral de reproducirse. Fue entonces cuando dejaron de invertir recursos en los Wakamaru y decidieron asignarlos a algo más práctico para asegurar la continuidad de la especie sin afectar a sus remordimientos: las Cápsulas de Gestación Externa. Apiladas en granjas gigantescas, las CGEs se ocupaban de la gestación, de la cría en los primeros años de vida y de una educación orientada a la sostenibilidad del planeta. Descargaron por fin a los adultos de una de las tareas que más energía y años de vida nos requería y, de esa manera, nos olvidamos de los niños.

Pero si despertar a un neonato a los veinte años estaba al alcance de una limitada élite, hacerlo a los nueve era sin duda un accidente. Nadie lo reclamó aunque así lo esperé durante los primeros meses. Pasado ese tiempo, mis opciones habían quedado totalmente limitadas, ya no podía denunciarlo y tampoco abandonarlo, y las dos por el mismo motivo. Había despertado algo en mí que, de manera egoísta, me negaba a arrinconar. Calculé todas las variables y todos los recursos que iba a necesitar para aguantar los once años que debía luchar por él, manteniéndolo oculto. Las posibilidades que me daban mi retiro y situación jugaron a mi favor y decidí responsabilizarme de él. No fue mi intención hacerlo con un método anacrónico según los tiempos que nos ha tocado vivir, pero fue el camino que, de manera natural, acabé tomando.

Hoy me siento ya cansado, pero también orgulloso. Contento por lo que hice con aquel recién llegado de apenas nueve años y por lo que he seguido haciendo desde entonces. Él se convirtió finalmente en adulto y fue mi primer ayudante. Encontramos a más prematuros abandonados, solo hacía falta buscarlos, y también a ellos los acogimos. Ellos se convirtieron a su vez en padres adoptivos de los que vinieron después y ahora, que ya me han denegado mi financiación de futuro, me despido de todos ellos consciente de que lo que hemos creado solo puede ir a más. Recuperaremos la empatía y las ganas de ver crecer a un niño a nuestro lado.

Él me llamó Padre y así quiero que se me conozca, pues dice más de lo que he querido ser que de lo que he sido en la mayor parte de mi larga existencia. Si alguna vez este diario llega a ser la constatación de la semilla que provocó un gran cambio, así es como quiero que se me recuerde, como un Padre.

“El efecto Wakamaru” es un relato de Javi Fernández para Narranción.

La ilustración de “El efecto Wakamaru” es una obra de Teresa Suau para Narranción.

0 comentarios

Enviar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *