fotografía: @lluiscostag

El año más seco

   He tardado 15 años en despertar, pero ahora vuelvo a encontrarme en el lugar en el que se originó todo. La decisión había sido tomada: el pueblo viejo quedaría sumergido bajo las aguas del futuro pantano. Del embalse, solo sobresaldría una iglesia románica del siglo XII, que por aquel entonces ya estaba en ruinas. Sería el testimonio de muchos recuerdos, que quedarían estancados para siempre entre agua y lodo. Yo contaba con solo nueve años y todas las aventuras de los últimos dos o tres, habían tenido como campamento base aquella vieja y abandonada construcción. Allí me dirigí aquel día, con un cofre en la mano. Quería conservar al menos una piedra. Sabía que años después, con tan solo mirarla sería capaz de transportarme de nuevo a mi infancia. Subí la ladera y me planté frente al agujero que daba acceso al sótano, bajo el presbiterio: mi refugio habitual. Al superar el último tramo, un hombre se giró sobresaltado desde el interior hacia mí. Me asusté. Perdí pie y caí por el terraplén, abandonando el cofre y la consciencia por el camino. Ya no volvería a abrir los ojos hasta 15 años después, en la cama de un hospital y sorprendentemente sin secuelas, pese a la incredulidad de los médicos.
Este año, el de mi despertar, está siendo el más seco en mucho tiempo y la falta de lluvia ha provocado que parte del pueblo viejo vuelva a quedar visible. Los turistas han podido pasearse entre los fantasmas del pasado. Yo he vuelto hoy, solo; estoy a los pies del terraplén que me costó la adolescencia. Quiero partir del lugar en el que lo dejé siendo solo un niño. Soy consciente de que paradójicamente, no hay presa posible que contenga mis lágrimas. Las primeras han brotado ya, después de toparme con un podrido y astillado cofre de madera. Con él en las manos, subo la ladera y llego al pequeño agujero por el que solo cabe un chiquillo; entro sin problemas. Como planeé entonces, recojo una piedra del suelo y la guardo en el cofre. Paseo por el sótano y entre gruesas columnas llego hasta la pared del fondo, donde me detengo a tocarla. Un ruido inesperado me saca de mi ensoñación: me giro. La silueta a contraluz de un chico me mira desde el hueco de la entrada. Se asusta ante mi mirada de asombro y resbala, pero no se cae, no se hiere. No tendrá secuelas. El hueco que ha dejado la roca que yo guardo en el cofre, le ha servido de asidero. Desaparece en un segundo y desde el interior del templo, veo que está empezando a llover.

 

Fin

“El año más seco” está inspirado en la foto de cabecera. Moltes gràcies @lluiscostag per la foto y per la inspiració.

1 comentario

  1. Lluís

    Tot un honor ser font d’inspiració teu. És un relat fantàstic!

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