Micocontes d’Abril

Microcontes d'Abril - Concurs

La Biblioteca Central d’Igualada, amb la col·laboració de la publicació periòdica local Narranación, organitza l’esdeveniment Microcontes d’abril per celebrar el mes de Sant Jordi amb els seus usuaris i usuàries. Els millors microcontes es publicaran a la web de la Biblioteca i al primer número de la revista local Narranación, que es publicarà a finals de maig de 2017.

  • Els microrelats hauran de ser originals i inèdits i escrits en català.
  • Els participants han de ser usuaris amb el carnet de la Biblioteca Central d’Igualada i majors de 16 anys. Només s’acceptarà un microrelat per persona.
  • El text constarà d’un màxim de 200 caràcters sense comptar els espais i ha d’incloure el títol.
  • El microrelat s’ha de publicar en el mur d’aquest mateix esdeveniment de facebook, Microcontes d’abril, del 10 d’abril a les 0h,  al 30 d’abril a les 24h.

Temàtica

  • La temàtica dels relats a concurs és lliure, però han d’incloure les paraules: «biblioteca», «embut» i «segell».

Premis

El jurat, format per la directora de la Biblioteca i l’equip de Narranacion.com i el grup d’intercanvi literari Scriptorium IGD, valorarà els microcontes i atorgarà diversos premis:

  1. Panera a càrrec del bar de copes/bistrot Vinnart Igualada, un lot de llibres i la publicació del microrelat a la revista local Narranación.
  2. Lot de llibres d’autors locals i publicació del microrelat a la revista local Narranación
  3. Publicació del microrelat a la revista local Narranación

El veredicte es donarà a conèixer a partir del 8 de maig al mateix mur de l’esdeveniment de facebook i la pàgina web www.bibliotecaigualada.cat

Acceptació de les bases

La participació en el concurs implica l’acceptació d’aquestes bases.

Davant qualsevol incidència, la Biblioteca Central d’Igualada es reserva el dret a modificar-les i a resoldre-la.

 

Microconte d'Abril - Banner

Organitzen: Biblioteca Central d’Igualada i equip de Narranación

Magnífico e infalible museo de pequeños pero importantes granos e historias que olvidarás

Museo - Teresa Suau

Os dejamos con un relato onírico y surrealista, donde la importancia de los pequeños errores puede ser fatal.

La impresionante ilustración es de Teresa Suau. ¡Muchas gracias! No olvidéis revisar su instagram, donde encontraréis su trabajo.

– Magnífico e infalibre museo de pequeños pero  importantes granos e historias que olvidarás –

Como cada lunes por la mañana, encuentro al cartero introduciendo la correspondencia en los buzones. Es un profesional al que no le conozco ningún despiste y, como tal, es también educado y medido con la intimidad de los vecinos. Motivo por el cual, me extraña que se dirija a mí por mi nombre de pila y sin su característico “Buenos días señor tercero-primera”.

—Luís, aquí está tu invitación.

Me quedo un poco parado y con una sonrisa a medio montar en mi cara. Mientras cojo la carta, él continúa, ahora con un tono más habitual.

—Disculpe que me haya dirigido a usted en esos términos tan poco profesionales, no volverá a ocurrir. Según me han indicado mis compañeras de estafeta, en balizas han dado instrucciones de cumplir con lo que el remitente de la carta ha dicho al depositarla en ventanilla. Según él, era de imperativa necesidad entregarle este sobre tal y como he hecho. Con esa frase me refiero; exactamente esa y no otra. En caso contrario, el contenido del sobre podía llegarle a usted con errores.

—Gracias Marian…

—También es cierto —Me interrumpe, algo inaudito en él—, que con estos jueguecitos de la nueva publicidad, lo que consiguen es ponernos a nosotros en un compromiso. El mensaje ha pasado por tantas bocas, que al final tienes la sensación de estar participando en el juego aquel del “telefonito” —dice esta última palabra desacelerando el ritmo y con un tono punzante—. Sí, ese en el que lo que había dicho el primero, no se parecía en nada a lo que recibía el último.

Se da la vuelta y ofreciéndome su espalda, sigue con su desahogo.

—Comprenderá que, pese a lo extravagante del asunto, cumplo con mi trabajo —vuelve a mirarme, esta vez de reojo—, aunque me gustaría recomendarle el correo electrónico para según qué cosas. Tenga usted un buen día señor tercero-primera.

Sorprendido, no atino a devolverle el saludo. Él no espera y desaparece por la puerta para seguir con su rutina laboral. Está claro que está bastante molesto. Conociéndolo, estoy seguro de que ha sido más por el tema de tutearme, que por las pautas tan extrañas que ha tenido que seguir. Mariano lleva más de veinte años repartiendo las cartas del barrio y nunca ha faltado al que él considera su decálogo vocacional, exactamente al punto tres: la correcta educación para con el destinatario final. Para ser primera hora de la mañana, no está nada mal.

Abro el sobre. En su interior encuentro una tarjeta de color marrón con el siguiente mensaje: “Ha llegado a la ciudad el Magnífico e infalible museo de pequeños pero importantes granos e historias que olvidarás”. Lo leo un par de veces y concluyo que no son maneras de atacarme en un lunes tan temprano. Yo no recuerdo haber pedido nada relacionado con esta publicidad, a la que además le falta un “no” entre el “que” y el “olvidarás”. En mi agencia, el responsable de algo así estaría automáticamente de patitas en la calle. Mejor me voy a tomar un café y después me planteo qué es lo que ha ocurrido hasta ahora.
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Puzle

Puzle - Teresa Suau

Después de un descanso en las publicaciones —Estoy dándole vueltas a ortos proyectos—, hoy os presento un nuevo relato corto: “Puzle“. Espero que os guste y que me comentéis las diferentes interpretaciones que encontréis.

Puzle” está, nuevamente, inspirado en una ilustración de Teresa Suau. ¡Muchas gracias! No olvidéis revisar su instagram, donde encontraréis su trabajo.

– Puzle –

De tanto escuchar, un día me rompí. No fui degenerando poco a poco o perdiendo partes de mí por el camino. Siempre tuve las cosas muy claras y mi seguridad era como una fortaleza infranqueable; hasta que un día, trabajando en la oficina, me rompí. Fue como una explosión insonora y sin cuenta atrás, simplemente, llegó un momento en que pasó. La rotura en sí no me dolió, lo que me hirió de verdad fue la ansiedad.

Mi brazo izquierdo —mi extremidad más útil y solvente—, fue el primero en rendirse. Cayó al suelo como la cola de una lagartija, moviéndose espasmódicamente para despistar a una amenaza que no era capaz de ver. Sin pretenderlo, agarró una larga melena negra que, al principio, confundí con una especie de roedor. Era mi pelo, mi cabellera había saltado de una sola pieza. A partir de ese instante, todo fue más confuso. Caí al suelo, golpeándome el costado. Mis piernas habían cedido, como bastones de madera que se quiebran bajo un peso que no pueden soportar. Una se partió por encima de la rodilla con un sonoro “¡Crack!”, igual que una viga infectada de carcoma. La otra, un solo segundo después, se desencajó entera, dejando al aire una ingle huérfana y sin función. Los ojos, la nariz, la boca, un pecho. Todo iba derrumbándose. Si hubiera mantenido labios, quizás habría reído ante la visión de una Mrs. Potato de carne y hueso.

En el último suspiro, apenas un instante previo al derrumbe total, mi mano derecha: torpe, inútil, sin valor para un cuerpo engreído y totalitario, sujetó mi cabeza sobre el cuello. Yo la mantuve en equilibrio, ganando unos segundos vitales que ella utilizó para volver a ponerme un ojo —lo había encontrado a tientas entre mis despojos—. Su siguiente prioridad fue colocarme la dentadura. Rápidamente, abrió el último cajón de mi escritorio, cogió la cinta adhesiva —que hacía años que no veía la luz—, acercó el rollo a mi boca y enseguida entendí lo que pretendía. Mordí para romper una primera tira. Los dedos hicieron con ella una bola y la desecharon; estaba sucia y se había pegado con ella misma en un abrazo imposible de desbloquear. Con la segunda tira, y con mucho cuidado, fijamos con varias vueltas el cuello a la base de la cabeza. A continuación, seguimos con las demás partes, ya sin un orden establecido. Cuando al fin tuve la boca de nuevo completa, grité a mi mano: «el otro brazo, ¡coge el otro brazo!». De alguna manera intuí la duda de Derecha; temía volver a ser la segunda de abordo, pero obedeció. Izquierda se sintió agradecida de volver a formar parte de un todo. También sintió vergüenza por cómo había tratado siempre a Derecha, especialmente ahora que, además, le debía su gratitud por haberla salvado. Entre las dos, colaboraron consiguiendo acelerar todo el proceso hasta que finalmente, quedé de nuevo ensamblada.

Una risa nerviosa se me escapó y mi compañero de trabajo, que hasta entonces solo había mirado en otras direcciones más necesarias para el día a día, me dedicó su atención por primera vez desde el almuerzo. Me preguntó:

—¿De qué te ríes?

—Nada, cosas mías. ¿Sabes cuando, después de mucho tiempo, algo se rompe y lo reparas? Como un vaso, muy delicado pero que, hasta que se te cae, aguanta todo lo que le echen. Se llena y se vacía, Se llena y se vacía. ¿Crees que una vez roto, si lo recompones, puede volver a ser como cuando estaba de una sola pieza?

—Joder, no sé. Vaya pregunta. A ver, si te digo la verdad, nunca me he fijado. De hecho, creo que no he pegado un vaso roto en toda mi vida… ¿en serio crees que haya alguién que lo haga?

—Espero que sí.

—Al precio que van ahora, lo tiras a la basura y usas otro. No sé, si hasta los regalan con mermeladas o cremas de cacao. O en los chinos, son muy baratos y para salir del paso son más que suficiente.

—Sí, supongo. Pero…

El teléfono nos interrumpió en ese momento y mi compañero volvió a las cosas importantes. Yo, allí hecha un puzle, miraba al monitor de mi ordenador sin ver lo que enseñaba. Una alarma en forma de sonido —Bip!—, me sacó de mi ensueño. En la esquina inferior derecha, una ventana emergente me mostraba una pre-visualización de un mensaje entrante:

«Hola fea, cómo lo tienes para vernos hoy? Estoy hecho polvo y necesito hablar con alguien 🙁 Tú todo bien como siempre, ¿verdad? Bss»

– Fin –

“Puzle” es un relato original de Javier Fernández Mata para narranacion.com —2017—

Hambre

Hambre - Teresa Suau

Hoy presentamos un inspirador relato de Laura Domingo Guinjoan, que se une a la familia narrancion. Muchas gracias Laura por participar de esta ilusión y felicidades por esta excelente historia.

“Hambre” ha sido ilustrado por Teresa Suau. ¡Muchas gracias! Como siempre una maravilla.

– Hambre –

Era un niño muy comilón. Un día se dijo a sí mismo “cuando sea mayor, me voy a comer el mundo”. Se comió su colegio y creció un poco, después decidió comerse la universidad y creció un poco más, pero aún estaba hambriento. Más adelante, se comió a sus colegas de la empresa donde trabajaba y, al cabo de poco, se comió incluso a su jefe. Ya estaba bastante crecidito, pero no tenía suficiente. Se comió a sus trabajadores y, como aún tenía hambre, fue a buscar más a un país más barato. Y a esos también se los comió muy rápido, y, con ellos, los bosques y los ríos donde vivían. Ya no quedaba casi nada para comer, pero continuó comiendo hasta que no quedó nada de nada. Así que, al final, como estaba solo y sólo sabía comer, decidió comerse a sí mismo.

– Fin –

narrancion:  En un mundo lleno de competiciones, todo lo que nos rodea nos provoca un hambre extremo. ¿Qué opináis de este relato y del mensaje que nos propone?

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Encara no, fill.

Marc González - Bosc

Gràcies a Marc González per la il·lustració i la inspiració.

– Encara no, fill. –

Quan el Manel va cridar: «avui no anem a classe!», a tots els hi va semblar bé i jo vaig haver de capitular: tot estava dit i beneït. Ens vam passejar per davant de l’institut alimentant el prestigi que tanta transcendència tenia pel grup. A mi m’importava ben poc, de la colla jo n’era el sòmines i al capdavall, no crec que aquell passeig per fer el fatxenda canviés gaire la meva posició al rànquing de popularitat del centre. De tota manera, que el Manel —el meu millor amic— mantingués el seu grau de líder, exigia fer aquest tipus de rituals.

Amb la feina feta, ens vam desviar de l’edifici principal i vam anar cap a la part del darrere. Allà hi respirava un bosc ple de barrancs, pins i roures; ideal per perdre-s’hi. La dificultat per arribar al cau de cada colla, també marcava l’elit a la qual pertanyia cada grup. El nostre, com no podia ser d’una altra manera, era dels que tenia un accés més complicat; el Manel no hagués permès que fos d’una altra manera. Tenia molt clar que la primera vegada que algú era convidat a venir a una de les nostres sessions alternatives a les classes, havia de passar més por pel fet d’arribar al nostre niu, que per saltar-se un matí a l’institut.

Aquell dia però, el terra relliscava molt. Havia estat tota la nit plovent i entre el fang i les fulles dels maleïts roures, que omplien el terra com una pista de gel, va anar de ben poc que no ens matéssim en saltar el Big pit —com anomenàvem el clot més profund i ample del bosc—. Vam saltar després del conte enrere, però en fer-ho, una part del terra va cedir just quan agafàvem l’embranzida final. Ens va anar d’un pèl que l’impuls no fos suficient per arribar a l’altra banda. Espantats —fins i tot el Manel— vam trobar-nos tots sans i estalvis al marge contrari, també una mica desconcertats. Ningú ho va reconèixer i les nostres mirades no es van trobar en cap moment. En cas d’haver-ho fet, les nostres pupil·les hagueren estat botxí de la nostra valentia. Llavors, vam decidir superar aquell moment perillosament infantil reprenent el camí del nostre quarter general.

Vam arribar a un trencall que m’era desconegut, on hi havia un pal amb dues fustes indicant direccions oposades. En una s’hi llegia “T’escoltaré”; en l’altra: “M’escoltaràs”. La colla, sempre per davant meu, va escollir la primera opció entre riures i cops de peu a les pedres. El Manel, repenjant el seu braç dret sobre les espatlles de la Patrícia, va liderar la comitiva, mentre el Lluc cridava tot girant al voltant de la parella, com aquell company de l’heroi que ha de fer-li el camí més distret a base de ruqueries i acudits plens d’enginy. Plantat davant del pal amb aquells estranys indicadors, vaig decidir que jo no tenia ganes d’explicar res a ningú, ja ho feia sovint davant del psicòleg i per primer cop des d’allò de la mare, necessitava escollir el camí oposat. Sol, vaig prendre la meva pròpia ruta:

                    “M’escoltaràs”.

El camí feia baixada i aquella paraula ballava al meu cap mentre caminava amb compte de no relliscar una altra vegada. No sé el temps que hi vaig ser, però en arribar a la cova ja era fosc. A dins, una taula esperava pacient un convidat: a mi. Sobre el taulell de fusta hi havia un marc amb una foto borrosa que em feia mal de mirar, amb un adult i un nen passejant de la mà. També hi havia un telèfon beix, antic, amb una roda plena de números i sense fils connectats. De forma instintiva, vaig despenjar l’auricular esperant una resposta, que després d’un temps que em va semblar etern i càlid, va arribar:

                «Encara no, fill. Torna a casa».

I hi vaig tornar.

– Fi –

Quin geni

Quin geni - Teresa Suau

 Gràcies a Teresa Suau per la il·lustració.

Quin geni

E: Hola. He trobat una targeta amb aquest número i on també diu que feu realitat gairebé tots els desitjos.

G: Blablabla. Bla blabla bla

E: Només tres? Perfecte, jo només en tinc un.

G: Bla, bla bla blabla bla bla bla blabla blabla

E: Quines normes?

G: bla blabla bla bla blabla blablablabla

E: Entenc, però el cas és que necessito que una persona s’enamori de mi. Dius que no està permès, però és un cas especial.

G: bla bla?

E: Jo, sóc jo. Necessito estimar-me.

G: bla bla bla blablabla.

E: Molt bé, espero. Trigaràs gaire a fer la consulta? És una mica urgent…

G: blablabla, bla bla bla!

E: Sí, espero, espero.

 Fi

La faula de l’arbre i de l’edil

La faula de l'arbre i de l'edil - Teresa Suau

Gràcies a Teresa Suau per aquesta il·lustració.

La faula de l’arbre i de l’edil

Un arbre creixé davant de cada ajuntament. Mentre les autoritats decidien com talar-los, un edil els proposà com a símbol. Per por del “què diran”, tots acceptaren de seguida.

Mai saberen que tots els arbres eren tiges d’una mateixa arrel.

Fi

El Libro

Universo de libros

“El Libro” es un microrrelato que escribí para el I Concurso de relato corto Universo de Libros. Seleccionado para la publicación correspondiente, ya se puede conseguir en www.diversidadliteraria.com

Gracias a Diversidad Literaria por la selección

El Libro

Cuentan que quisieron escribir el libro que debía salvarnos a todos, pero aquel libro tenía otros planes. Contrariado por la poca libertad que le otorgaron, llenó sus páginas con palabras que le dictaron a gritos. Una vez acabado, astuto y vengativo, supo desordenar las oraciones hasta volverlas las unas en contra de las otras. Enemistadas, crearon tantos malentendidos que llevaron a los hombres a la guerra y la barbarie. Y aquel libro descansó.

Fin

La mirilla – Último capítulo

Y por fin el desenlace de “La mirilla”. Quizás sea un final para esta terrorífica historia, pero no  para nuestro protagonista. Aunque su mente haya cedido la cordura a los demonios, su servidumbre será eterna.

La ilustración de mi amigo Javi Ramiseiro. Visitad su facebook, donde da buena cuenta de su destreza.

Recupera aquí la primera parte si te la perdiste

Recupera aquí la segunda parte si te la perdiste

…Un cuerpo encorvado, arrugado y repugnante, un viejo de manos huesudas y uñas afiladas, se estaba escabullendo por debajo de la cuna. Llevaba a mi pequeña en sus brazos. Ante mis ojos y en una fracción de segundo, desaparecieron. En la cuna, solo quedó tendida una muñeca hecha de ramas y hojas secas..

La mirilla

Parte III – Desenlace

 

Mi reacción no deja de sorprenderme incluso ahora, aunque bien es cierto que obré según lo que fui capaz de soportar; todo el mundo tiene un límite y aquél fue el mío. Nuestro cerebro necesita por todos los medios resolver nuestras dudas y la tensión no deja de existir hasta que es solventado el dilema. Después de mi experiencia, puedo asegurar que no sentía miedo o desconcierto, pues totalmente fuera de control, mi subconsciente se encargó de tomar las riendas del asunto. En el momento en el que abrí los ojos, mi mente estaba segura de lo que ocurría y no cabía la menor duda de que no se trataba de una pesadilla o un estado alterado de mi conciencia. Por lo tanto, la determinación que tomé, no fue más que el resultado de la tranquilidad adquirida por el conocimiento, ahora sí, de la verdad. Me levanté de la cama y sin ni siquiera vestirme, salí dispuesto a acabar con mi vida. ¿De qué otra manera debía hacer frente a la pérdida de mi hija a manos de aquella incursión de los espíritus? Ni siquiera mi esposa podía entenderme y, consciente de la gran herida incurable que causaría ella, pensé en minimizar el golpe de mi abandono y mi muerte, realizando el acto en sí, lejos de aquel que había sido nuestro hogar. Pensé en dejar por escrito todo aquello que había ocurrido, pues no quería de ninguna forma que ella o alguien de mi entorno se sintiera responsable de mi marcha, o peor aún, se sintiera en la obligación de buscar a un responsable que no fuera yo y mi aciaga decisión. Y así es como empecé esta carta, y precisamente éste debía ser el punto donde acabarla. Con un “Te quiero amor, pero no soportaría vivir sin mi pequeña”.

Pero el relato continúa y en la parte que sigue, es donde mi cordura acabó del todo diezmada. Ahora ni siquiera soy capaz de plantearme el abandono de este mundo. El lugar escogido para mi muerte, fue el descampado donde vi por segunda vez aquella marca. Allí, entre aquellos que no se opondrían a mi decisión. Al llegar, el frío entumecía mis articulaciones, pues solo iba vestido con un pijama y era temprano. Me dirigí hacia el interior de la caravana marcada. Pensé que allí encontraría alguna cosa con la que poder llevar a cabo mi sacrificio, o liberación tal y como la sentía en aquel momento. Mis sospechas se confirmaron, y entre los desechos y la basura, rodeado de un olor que podría haberme matado en pocos días de haberme abandonado a él, encontré un cinturón. Lo dispuse todo para el acto. Me subí a una caja y rodeé mi cuello con la correa. Un ligero balanceo, que realicé con suma tranquilidad, bastó para volcar el cajón y dejar a mi cuerpo suspendido en el aire. El cinturón corrió por la hebilla hasta ajustarse a mi garganta, con un abrazo mortal e irrompible. Empezó así mi agonía, algo indescriptible e inacabable. En una ocasión leí que un ahorcamiento de estas características, podría alargarse no más de dos o tres minutos, así que me dispuse a esperar. No fue algo trivial y mi cuerpo luchó por sobrevivir desde su instinto animal. Cuando mis ojos ya se nublaban, caí en la cuenta de una figura que me observaba, desdibujada a contraluz en la puerta de la caravana. Aquel mendigo de mi primer encuentro reía sin reparos frente al espectáculo que le estaba ofreciendo. Se acercó a mí y me alzó, permitiendo que el aire llenara de nuevo mis pulmones. Cada parte de mi garganta me dolía y, me recordaba que había estado muy cerca de lograr mi propósito, pero el hombre no me descolgó, solo me aguantó alzado y no supe de su intención real hasta que me habló con su voz, tan profunda como mi odio.

Su historia era la mía y la mía la continuación de la suya, pues era el padre del pequeño que había vivido y desaparecido en aquella misma caravana, treinta años atrás. Él era el marido de aquella madre que, como mi mujer, no fue consciente del bebe cambiado. Había dedicado desde entonces su vida a intentar encontrar al niño. Mientras me sostenía, me contó que aquella marca, era la marca de un ser del que no osó pronunciar el nombre. Me dijo que en muchas culturas y pueblos es conocido y temido: el Kappa japonés, la Baba Yagá Rusa, las estriges polacas o el Abiku africano, insaciable devorador sin estómago. Incluso todas las hadas y brujas ladronas de niños que a través de mitos y supersticiones han ocultado su rostro entre diferentes aspectos y nombres. Todos y cada uno de ellos, representaciones menores del innombrable ser primigenio que se alimentaba de la inocencia y de la carne de nuestros descendientes. Pero aquel hombre, sin nada que perder y tras años en los que había sacrificado su propia mente a cambio de conocimiento, aseguraba conocer el modo de llegar a ese dios, a ese monstruo indiferente a nuestros sentimientos de seres menores. Lamentablemente no le quedaban fuerzas para enfrentarlo y sabía que moriría sin volver a ver a su hijo. Entre lágrimas, me ofreció, me suplicó, que aceptara la posibilidad del viaje, aunque no sin advertirme que la muerte era una opción más inteligente y definitiva. Si aceptaba traspasar los límites permitidos, nunca habría para mí un final posible, no habría descanso alguno. Acepté.

Empezó a susurrar unas palabras que, aunque desconocidas e ininteligibles para mí, me causaban un dolor y una ansiedad indescriptibles. Me empezaron a doler los músculos, los huesos, cada uno de mis órganos. Me dolían mis recuerdos, mis sentimientos y mi esperanza se esfumó por completo. Entonces me soltó y me dejó caer de nuevo, aunque en esta ocasión, no sentí ningún golpe al descolgarme. No era consciente de tener ojos, pero veía; no escuchaba nada, pero oía; No sentía nada, pero sufría. En la oscuridad me rodeaba la luz y en las tinieblas, un suspiro me alentaba a padecer sin descanso. Nadie gritaba a mi lado, pero me desgarraba por dentro un lamento de mil voces llorando al unísono. Quería acabar con aquello, pero era inconmensurable y eterno. A mi alrededor mis brazos y mis piernas eran decenas, centenas y quizás miles. Era anciano y joven. Era sordo y audaz. Fui ágil y seré bello. Era pasado, presente y futuro. Era todas mis posibles vidas, una por cada decisión tomada y una por cada decisión descartada. Lo era todo a la vez y me estiraba hasta el límite de la rotura. Todos ellos, que eran yo, emprendieron un viaje hacia los mundos de los señores superiores. Todos me enviaban sus visiones que me ametrallaban sin descanso, sin compasión. Lo que vi, no puedo describirlo por no conocer el modo, pero una de mis versiones, logró encontrar a mi pequeña. Estaba a punto de ser devorada por Él. No es que no quiera o no me atreva a pronunciar su nombre, es que no soy capaz de hacerlo. No me habló, no me miró y evidentemente no escuchó mi grito, pero de alguna manera supe cuál era la única opción para recuperar a Emma.

Mi conciencia volvió a la caravana, sintiendo que una respiración se apagaba poco a poco. No era la mía, sino la de aquel pobre diablo que ahora yacía en el suelo agonizando. Sus ojos y sus dientes sobresalían de un rostro alargado y lleno de sombras que antes no estaban. Yo también estaba ahora estirado en el suelo, frente a él. Me dijo adiós con sus pupilas y dejó de respirar. Le quité la mugrienta gabardina, comprobé las llaves de mi casa en el bolsillo de mi pijama y me dirigí de nuevo al centro de la ciudad. Debía tomar una decisión y rápido, ya que no sabía el tiempo o los días que había estado en aquel trance. Corrí con todas las fuerzas que podían quedarme a aquellas alturas. Observé a la gente apartarse de mí camino y no me importó. Mi objetivo estaba claro y debía apresurarme a cumplirlo. Me oculté tras unos arbustos del parque que hay justo al lado de mi casa y observé. Miré desde mi refugio hasta que se hizo de noche, hasta quedarme solo. A esas alturas ya había escogido a mi víctima. En ese momento aún no había odio en mi decisión, sino amor. Amor absoluto por mi hija. Quizás sí, me amparaba la crueldad suficiente para llevar a cabo mi tarea, sin que me temblara la mano al perpetrarla. A media noche, caminé hasta el portal de la persona escogida por mí. Entré sin mucho esfuerzo, pues conocía sobradamente aquel bloque de pisos. Colindante al mío, sabía que la puerta de entrada no cerraba bien desde que una semana antes la habían forzado. Al entrar, una figura encorvada y muy desgastada, repulsiva, me asustó y caí al suelo de la impresión, me faltaba el aire. Al ver que el enjuto personaje también caía, me reconocí en sus ojos y vi que no era más que mi propio reflejo en el espejo de la entrada del bloque. En ese momento no me importó. Subí por las escaleras a la segunda planta y me detuve, por fin, frente a la puerta del piso que andaba buscando. Allí vivía una chica joven, atractiva y soltera. Allí vivía aquella con la que había intercambiado más de una confidencia en el parque. Mientras nuestros bebés dormían en sus cochecitos, paseábamos bajo la sombra de los plataneros. Se había quedado embarazada tras una noche de fiesta y había decidido seguir adelante, harta de los hombres que se acercaban a su vida. Tampoco ese recuerdo me importó. Saqué las llaves de mi casa del bolsillo de la gabardina, la abotoné sobre mi cuerpo, como si adoptará otra piel y, avergonzado, completé el macabro uniforme cubriéndome con la ancha capucha que colgaba a mi espalda. Mientras rasgaba la madera de la puerta y grababa en ella la marca de Él, escuché un ruido en el interior del piso. Con la certeza de haber encontrado a un sustituto que intercambiar por mi pequeña, me asomé al pequeño agujero de la puerta, a la mirilla. Con mis ojos desesperados y plenos de odio hacia mí mismo, unas pupilas horrorizadas me miraron desde el interior.

 

Fin de “La Mirilla”

 

No olvides dejar tu opinión o comentario sobre esta espeluznante y misteriosa historia, ¿qué te ha parecido? ¿Esperabas este final?

“La mirilla” es un relato original de Javier Fernández Mata para narranacion.com

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La mirilla – Parte II

Segunda parte de “La mirilla”, relato de terror dividido en tres entregas. ¿Quién o qué observaba desde fuera?¿Qué significado tiene esa extraña marca en la puerta? Sigue la historia para dar respuesta a estas preguntas, si es que te atreves a vivir con ellas.

La ilustración, como en la primera parte, es de mi amigo Javi Ramiseiro. Visitad su facebook, donde da buena cuenta de su destreza.

Recupera aquí la primera parte si te la perdiste:

…La primera pregunta que me asaltó fue el tiempo que llevaba esa marca allí. A continuación quise convencerme de que todo era fruto de una mala noche, pero no fui capaz. Mi mente no permitía ninguna ilusión de prestidigitador aficionado, sabía perfectamente que no podía ser una coincidencia.

La mirilla

Parte II

 

Dediqué toda la mañana a buscar información en foros, blogs y redes sociales. Usando la baza de mi malogrado aspecto, no me supuso un gran esfuerzo convencer a mi mujer de que no me encontraba bien. Me hizo prometer que iría a la consulta del médico si empeoraba, además de llamarla sin falta a la hora de comer. No encontré nada. Ninguna referencia a sueños extraños sobre hombres que se dedicaran a observar el interior de hogares ajenos a través de pequeñas oberturas a la intimidad. Nada sobre ojos a través de mirillas. Se me ocurrió que quizás existía alguna manera de buscar información a partir de una imagen. Por suerte, mi habilidad con la tecnología era escasa, y que se me hubiera ocurrido semejante idea, solo podía significar que dicha opción existía desde hacía tiempo, y así fue. Hice una fotografía a la puerta con mi teléfono móvil y seguí los pasos que me indicaba el sencillo tutorial. El mensaje de error que obtuve, me dejó desconcertado. La herramienta en cuestión, encontraba la imagen demasiado genérica. Observando la fotografía, heló mi sangre el hecho de que en la puerta que aparecía en la instantánea, no había ninguna marca. Corrí envuelto por las dudas del que se siente abandonado por la razón, únicamente para comprobar que la madera seguía rayada y marcada. Simplemente, la cámara no era capaz de registrarla. ¿Qué demonios significaba aquello? ¿Acaso solo yo veía aquellas líneas rayadas a consciencia sobre la puerta de mi hogar? No tenía aún el valor suficiente como para pedir una segunda opinión, pues las dudas y la inseguridad del sonámbulo son crueles y despiadadas. Tras comprobar que tenía las llaves en el bolsillo derecho de mi pantalón, guardé el teléfono en el otro. Cerré de un portazo desde fuera, y por las escaleras, abandoné primero aquel rellano y después el edificio. Pensé que un poco de aire me devolvería al mundo de los que no están dormidos. Caminé sin rumbo. No vi a nadie, no me fijé en nada. Solo anduve.

Hubo un momento en que me faltó el aire y paré. Alcé mi cabeza y enfoqué la mirada. Me encontraba a las afueras de la ciudad. Con toda seguridad había caminado varios quilómetros. Saqué el teléfono para consultar la hora, pero antes de ni siquiera ver la pantalla, volví a ver aquella marca. También ahora estaba en una puerta y era, de manera inequívoca, la misma señal. Estaba rodeada de otras pinturas urbanas y firmas de artistas callejeros. Aquella zona, era un descampado famoso en la ciudad por estar habitado por desplazados sociales y gente abandonada tanto por la sociedad como por ellos mismos. Drogadictos y putas, vivían ahora entre los restos de un antiguo campamento de caravanas, que al parecer habían quedado allí como los esqueletos de seres ya extintos. Una figura abandonó las sombras que la habían cobijado hasta mi llegada. Se acercaba tambaleante hacia mí y yo me quedé petrificado, sin saber cómo reaccionar. Mis ojos ya no veían a un vagabundo, ni mis oídos escuchaban a una persona respirar. El nivel de estrés que acumulaba desde la pasada noche me hacía ver a una criatura extraña y amenazadora, acercándose hacia mí, a contraluz. En ese momento un sonido estridente y vibrante me sacó de mi estupefacción, asustándolo a él por igual. Era mi teléfono, que sonaba por la llamada de mi mujer, preocupada sin duda por no haber recibido las noticias prometidas y con toda seguridad, para echarme en cara mi olvido. La realidad es que aproveché para correr como alma que lleva el diablo. Asustado, decidí que lo mejor que podía hacer, era volver a casa y seguir buscando información. Alguna noticia relacionada con el descampado.

Horas más tarde, llegó a casa mi mujer con mi hija. Cuando entraron, la primera tarea escrita en las facciones de mi pareja, era sin duda la discusión. Al verme, esas mismas facciones se ablandaron hasta una preocupación imposible de disimular. Casi con una orden directa, me envió a dormir y descansar. Sin fuerzas, la obedecí como un corderito.

Me desperté sobre la medianoche e incapaz de dormir, me levanté con cuidado y volví al cuarto donde tenemos el ordenador. Allí seguí investigando y esta vez sí encontré una noticia relacionada con aquella marca. Aproximadamente treinta años atrás, en el descampado se establecía un poblado de caravanas; habitadas por un pueblo históricamente nómada y también supersticioso. La noticia, hablaba de la desaparición de un niño: de un bebé. La investigación nunca dio con ninguna pista concluyente y el bebé jamás apareció. Los inspectores no tuvieron demasiada ayuda, pues los demás habitantes del poblado, se marcharon aquella misma noche. Argumentaban, entre gritos y llantos, que habían sido escogidos y marcados. La madre, a la que también abandonaron allí, entró en una espiral de locura por no poder superar algo tan espantoso. Al parecer, estuvo en tratamiento sicológico durante meses, sujetando día y noche una muñeca hecha de ramas y hojas secas, vestida con harapos de saco. Cuando los médicos consiguieron que su mente viera en la muñeca a un ser inanimado y no a su pequeño bebé, la mujer se quitó la vida aquella madrugada, colgada de la lámpara de su habitación. Aquella lectura, amenazaba con dejarme en estado de shock, pero unos ruidos en el exterior de mi piso lo impidieron. En el rellano, algo o alguien parecía querer llamar mi atención. Invocando a una reserva de valor que desconocía, fui hacia la puerta y de manera casi inconsciente, miré por la mirilla. No había nadie ni nada. El sonido se había detenido, pero la información se ordenó de manera automática en mi mente, dando con la solución al acertijo. Aquellos ruidos eran una mera distracción. No habían marcado mi hogar ni tampoco a mí, habían marcado a mi hija. Las lágrimas empezaron a caer sin remedio. La adrenalina me inyectó fuerza suficiente para correr como no había corrido jamás. Abrí la puerta de la habitación de Emma y caí de rodillas sin poder contener un sollozo y un grito ahogado que desgarró la noche. Un cuerpo encorvado, arrugado y repugnante, un viejo de manos huesudas y uñas afiladas, se estaba escabullendo por debajo de la cuna. Llevaba a mi pequeña en sus brazos. Ante mis ojos y en una fracción de segundo, desaparecieron. En la cuna, solo quedó tendida una muñeca hecha de ramas y hojas secas.

Fin de la segunda parte

Concluye la historia a partir del lunes 26 de Septiembre de 2016 en una nueva entrada.

 

Y no olvides dejar tu opinión o comentario sobre esta espeluznante y misteriosa historia, ¿qué ocurrirá con nuestro maltrecho protagonista? En breve la conclusión…

“La mirilla” es un relato original de Javier Fernández Mata para narranacion.com

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